Ibn Hafsun
Pertenecía a una familia acomoda, que tenía tierras en Ronda. Eran muladíes de reciente conversión, que descendían de un conde visigodo llamado Alfonso. De temperamento fogoso, un día discutió con un vecino al que mató. Su padre, temiendo por él, lo envió a esconderse en el monte y el muchacho, aburrido por la inactividad, se convirtió en algo así como un bandolero, al que pronto acompañaron otros jóvenes. Al final lo prendieron, pero su castigo fue sólo una paliza, tras la que decidió poner tierra de por medio y huir a Africa. Allí trabajó como aprendiz de sastre, y reconocido por un español, decide volver a los lares patrios y quedarse a vivir con un tío que es mucho menos severo que su padre. Ya en Andalucía, no tarda con hacerse con una partida de delincuentes, como él mismo, y se dedican a vivir fuera de la ley, hasta instalarse en Bobastro, un lugar casi inaccesible, sobre las aguas del río guadalhorce.
Fue un momento especial en que los gobernadores se encontraban incapaces de reprimir a los salteadores de caminos y a los insurrectos de acá y de allá, mientras el gobierno de Córdoba tenía varios frentes abiertos. Ibn Hafsun se aprovechó de las circunstancias al tiempo que veía que su cuadrilla se incrementaba, dia a día, con nuevos descontentos. Fueron años de avances y derrotas, de fingida sumisión y de espantadas, durante los que el rebelde se fue forjando el ideal de crearse un principado independiente del poder omeya, a la manera del "hijo del Gallego ". No le faltaba valor, ni gente, ni suerte, lo que le permitió ir ganando plazas importantes. En 886 se unió a otro grupo rebelde, los Banu Rifa´a, pero al-Mundhir, el futuro heredero los cercó en Alhama y parecía que les iba a vencer, cuando tuvo que correr a Córdoba, pues su padre había muerto, y tenía que hacerse cargo del poder.
Información:
Libro al-Andalus de Concha Masiá.