
No se amilana por este fracaso, y su autoridad se extiende por Reyyo, Elvira y Jaén, y las plazas de Archidona, Baeza, Úbeda, Priego y Écija, reconocen su autoridad. Parece que piensa en ir contra Córdoba y parece, también, que es el momento en que los mozárabes de la capital le ofrecen su apoyo. Sobre este punto hay dudas, aunque parece que un cristiano, Servando, fugado de una pena de Bobastro. El padre de este Servando, llamado como él, había sido el comes de los mozárabes a los que había oprimido con gran severidad. Muchos se convirtieron al Islam para huir de los tributos, arbitrarios y onerosos, que le imponía este comes que solo estaba atento a complacer a las autoridades musulmanas, comprometiendo al obispo Valencio y al abad Samsón, al tiempo que ha empobrecido a las iglesias. Ahora desea que sus correligionarios le perdonen. Su hijo servando, implicado en un asesinato, se echa al monte, con algunos partidarios para dedicarse a asaltar a los viajeros, cerca del castillo de Poley, que acaba ocupando en nombre de Ibn Hafsun, que le encargará seguir actuando por las tierras colindantes. Apresado por las fuerzas emirales que salen a combatirlo, Servando morirá y su cabeza se exhibirá en Córdoba, mientras su padre será crucificado. Los mozárabes cordobeses, ante este escarmiento ejemplar, parece que se lo pensarán dos veces antes de comprometerse en rebeliones.

En Córdoba comenzaba a escasear la comida, y la inquietud cundía entre sus habitantes y entre la camarilla del emir. Abd Allah sondeó a Ibn Hafsun para ver si era posible llegar a algún tipo de entendimiento, pero el rebelde que se sentía en una posición de fuerza, contestó de manera insolente. El emir reaccionó con energía, ante la sorpresa de cuantos le rodeaban, acostumbrados como estaban a sus vacilaciones y dudas. La situación requería jugárselo todo a una carta. Le iba en ello su honor y el honor de su dinastía, además de su porvenir y el de su sucesor. Reunió todas las tropas disponibles, y organizó un ejército que él mismo dirigiría. Todos estos preparativos le causaron risa a Ibn Hafsun, que en su osadía, estando las tropas emirales en el llano de Secunda, con la tienda del emir levantada, intentó pegarle fuego por la noche, acompañado sólo, por unos cuantos jinetes. Pero tanto atrevimiento tuvo su castigo, porque cayó sobre él y sus acompañantes, tal lluvia de flechas, que sólo se salvaron el propio Ibn Hafsun y uno de sus jinetes.

Desde un altozano, el emir observaba la marcha del combate que, desde el primer momento, fue de extraordinaria dureza y sonrió a los leales. El ala derecha de las fuerzas omeyas arrollaron al ala derecha de los rebeldes, mandada por Ibn Hafsun, y consiguió ponerla en fuga. Los contingentes insurrectos, desorientados por esta primera carga, abandonaron el campo de batalla buscando refugiarse tras los muros del castillo de Poley, al igual que hizo Ibn Hafsun, en la seguridad de que podría resistir un asedio. Pero, la mayoría de sus tropas eran gentes de Écija, que no tenían ganas de verse sitiados y, por la noche, abandonaron el castillo, aprovechando una brecha que había en las murallas de la fortaleza. El rebelde, entonces, huyó y se internó en la serranía andaluza, abatido por el desastre sufrido y por el abandono en el que le habían dejado los suyos. Abd Allah tomó Poley y mandó ejecutar a todos los prisioneros cristianos que hizo allí. Perecieron más de un millar, excepto uno, que en el momento de ser decapitado, salvó la vida apostatando.
Abd Allah reconquistó todas las plazas e incluso se dio una vuelta por Bobastro. La situación que no podía ser más desalentadora apenas unos días antes, había mejorado notablemente. El emir necesitaba un respiro e Ibn Hafsun también. Pidió la paz al emir, que se la concedió a cambio de que le enviase como rehén a uno de sus hijos. Astuto como siempre, le envió a un muchacho que sólo era su hijo adoptivo. Se descubrió el engaño y se le dijo a Ibn Hafsun, que ya se sentía recuperado, y aprovechó, otra vez, para romper las relaciones con Córdoba. Volvió a hacerse con casi todas las plazas perdidas, pero en los seis años siguientes no consiguió grandes avances e, incluso perdió Elvira.

Esta actitud nos permite comprender mejor su carácter. Intentó alianzas con moros y cristianos, con hispanos y marroquíes, con leales y sublevados. En los últimos diez años de su vida, aunque seguía siendo el señor de su feudo andaluz, era notoria su debilidad, lo que fue aprovechado por el gobierno omeya para ir recuperando dominios y territorios, recobrando un prestigio que andaba por los suelos. Pero, a pesar de todo, no se rinde y mantiene los contactos con los nuevos reinos del norte de África y él es el primero que hace brillar antes sus ojos, la posibilidad de invadir la Península. Hará falta que Abd al-Rahman III acceda al trono para poder eliminar esa espina enquistada en el poder de los omeyas, desde hacía tanto tiempo.
AL-ANDALUS...libro de Concha Masiá.