
Sus gobernantes, sin embargo, era tibios practicantes y el califato se habia convertido, casi, en una institución laica. Se quejaban de que sólo a los árabes se les concedían los mejores cargos, en detrimento de otros musulmanes, pero esta política no satisfacía ni a los árabes ni a lo que tenían otro origen. Por si todo esto fuera poco, los omeyas reinantes se enfrentaban a la ya clásica rivalidad entre qaysíes y kalbíes, y en lugar de mantener una prudente distancia entre ambos clanes e intentar equilibrar sus posiciones, se inclinaban, por uno u otro bando, con las consecuencias que esto acarreaba.
Después de que las rebeliones estallasen por todo el imperio árabe, llegaron también a la misma Siria. Todas las provincias se pusieron en pie de guerra. El califa al-Walid, huido de Damasco, morirá asesinado. Su sucesor, Yazid III, reinará muy poco tiempo y la situación se irá agravando. La sangre corre por todas partes. Marwan II, un omeya de la casa reinante, logró recobrar Damasco y entronizarse como califa, pero no contará con fuerzas suficientes para la ingente tarea que tenía por delante y que pasaba por reconquistar Siria, Mesopotamia, donde se habían hecho fuertes los jarichíes y el Jurasán donde los chiíes habían organizado un levantamiento armado. Ejércitos disciplinados, bien armados, siguiendo al liberto Abu Muslim, atacaban el oeste, mientras esperaba la llegada del auténtico " imán oculto " que iba a devolver toda su pureza al Islam, exterminando a los aborrecidos Omeyas.
El 28 de diciembre, el bisnieto de Abd Allah ben al-Abbas, primo hermano del Profeta y de Alí, revela que él es el esperado y en la mezquita mayor de la ciudad iraquí de Cufa, es proclamado emir. Es el primer abbasí, Abu-l-Abbas Abd Allah, que, previamente, ya había levantado sus estandartes negros, el color de la nueva dinastía, en el Jurasán. Desde el almimbar, el día de su proclamación, expone su programa de gobierno y une a su nombre el apelativo de al-Safah, " el derramador de sangre ", lo que puede dar una idea clara sobre cuáles eran sus propósitos.

El nuevo califa abbasí, aun antes de la muerte de Marwan, había empezado ya con una cacería de príncipes marwaníes. Acosados y perseguidos, son asesinados al instante cuando se les atrapa y sus cuerpos privados de sepultura. Para colmo de perfidia, Abu-l-Abbas promulga una amnistía para hacer salir de sus escondites a los perseguidos que caen en la trampa, pues la amnistía es violada y en cuestión de unas semanas, no menos de unas ochenta personas pertenecientes a la rama omeya, serán exterminadas sin piedad.
De esta terrible matanza sólo escaparán dos omeyas, nietos del califa Hisham ben Abd al-Malik ben Marwan. Eran Yahya ben mu´awiya y su hermano Abd al-Rahman.
información:
AL ANDALUS ....Libro de Concha Masiá