Seguidores

martes, 17 de julio de 2012

Romance de Moriana y el moro Galván

Moriana en un castillo juega con moro Galván;
juegan los dos a las tablas por mayor placer tomar.
Cada vez que el moro pierde bien perdía una ciudad;
cuando Moriana pierde la mano le da a besar.
Del placer que el moro toma adormecido se cae.
Por aquellos altos montes caballero vio asomar:
llorando viene y gimiendo, las uñas corriendo sangre
de amores de Moriana, hija del rey Morian.
Captiváronla los moros la mañana de Sant Juan,
cogiendo rosas y flores en la huerta de su padre.
Alzó los ojos Moriana, conociérale en mirarle;
lagrimas de los sus ojos en la faz del moro dan.
Con pavor recuerda el moro y empezara de fablar:
-¿Qué es esto, la mi señora? ¿Quién vos a fecho pesar?
Si os enojaron mis moros luego los faré matar,
o si las vuesas doncellas, farélas bien castigar;
y si pesar los cristianos, yo los iré conquistar.
Mis arreos son las armas, mi descanso el pelear,
mi cama, las duras peñas, mi dormir, siempre velar.
-Non me enojaron los moros, ni los mandedes matar,
ni menos las mis doncellas por mi reciban pesar;
ni tampoco los cristianos vos cumple de conquistar,
pero de este sentimiento quiero vos decir verdad:
que por los montes aquellos caballero vi asomar,
el cual pienso que es mi esposo, mi querido, mi amor grande.
Alzó la su mano el moro,un bofetón le fue a dar;
teniendo los dientes blancos de sangre los vuelto ha,
y mandó que sus porteros la lleven a degollar,
allí do viera su esposo, en aquel mismo lugar.
Al tiempo de la su muerte estas voces fue a fablar:
-Yo muero como cristiana, y también por confesar
mis amores verdaderos de mi esposo natural. 

 
Moraina está jugando con el moro Galván a las tablas. Cuando Moraina pierde, se deja besar la mano por Galván (que está enamorado de ella), mientras que cuando el que pierde es él, Moraina recibe una ciudad. Ella se enamora de un caballero cristiano y, un día, Galván la encuentra llorando por el caballero. Cuando Moraina le dice que está enamorada de ese hombre, Galván monta en cólera, la pega y la manda matar en un lugar donde la pueda ver su esposo (el caballero). Antes de morir dice que muere como cristina y por confesar sus amores.
 
En aquellos tiempos las mujeres tenían que amar a aquel que las dijesen y no podían elegir, ya que, si lo hacían, el resultado era el mismo que el de este romance.

La poesia en Al-andalus.


.La poesía fue el género que más se enriqueció de la fructífera mezcla intercultural que se produjo en Al-Andalus. Fue ello debido, en buena medida, a que recibió una protección y espacial por parte de los dirigentes árabes de los distintos reinos habidos en la Península Ibérica. De forma que, entre finales del siglo X y principios del XI, surgieron numerosos poetas arábigo españoles en las cortes andalusíes.

Entre ellos destaca al-Sarif al-Taliq, llamado también “el príncipe amnistiado”, porque estuvo encarcelado durante más de quince años de su vida. Trató este poeta temas amorosos, sobre todo, con una gran delicadeza y sensibilidad. 
También, en tiempos de Almanzor, en la segunda mitad del siglo X, destacó la obra de Ibn Darrach al-Quastallí, que estaba al servicio suyom y que se dedicó a ensalzar sus victorias molitares, como los saqueos de Barcelona y Santiago de Compostela. 
Más avanzado el siglo encontramos la figura de Ibn Hazm, que destacó cuando ya había caído el Califato de Córdoba. Fue el autor de la célebre obra “El collar de la paloma”, un tratado sobre el amor que resulta tener un gran valor para conocer la vida sentimental de los árabes andalusíes. Analiza la naturaleza de las relaciones amorosas, de sus obstáculos y de cómo superarlos, etcétera, haciendo gala de un gran rigor y de una profunda sutileza. 
La época de los reinos de taifas fue quizá la más brillante de la poesía andalusí. Y es debido a que, aunque los reinos de taifas eran mucho menos poderosos y brillantes de lo que lo había sido el gran Califato de Córdoba, la competencia entre ellos y la necesidad de sus gobernantes de presentarse ante sus súbditos como los mejores y más excelsos, les llevó a rodearse, en sus cortes, de los más fabulosos poetas y artistas. De modo que los poetas encontraron, en esta época, los mejores mecenas que podían imaginar. 
El rey de Sevilla en la segunda mitad del siglo XI, al-Mutamid, fue un gran protector de las artes. Él mismo escribió notables versos; los que corresponden a su encarcelamiento tras perder el poder son seguramente los más brillantes. Canta en ellos a la añoranza de su anterior vida, llena de lujos y privilegios. Y es que las cortes árabes, todas en general, fueron espacios especialmente concebidos para ser suntuosos, dedicados a los placeres de la vida, al gozo. En tales ambientes, el canto de los poetas no podía sino convertirse en cosa imprescindible. 
Como podría suponerse, en Al-Andalus, ambientes como esos duraron hasta la llegada de los almorávides, principio de la decadencia de la poesía andalusí. Su islam radical despreciaba los refinamientos anteriores, los poetas cortesanos se quedaron sin apoyo. Floreció, en cambio, la poesía popular, entre la que destaca la moaxaja y el zéjel, poemas en estrofas de distinta rima que van seguidas de un tipo de estribillo llamado jarcha. En estas jarchas se han encontrado, precisamente, los primeros versos escritos en la lengua romance peninsular que, más adelante, sería el castellano.

jueves, 12 de julio de 2012

Abd al Rahman. Primer Emir Independiente.

Abd Ar-Rahman ibn Mu'awiya ibn Hisham ibn Abd al-Malik (en árabe, عبدالرحمن بن معاوية بن هشام بن عبد الملك), conocido como Abderramán I o Abd al-Rahmán I al-Dājil (الداخل: el que entra o el Inmigrado) (Damasco, marzo de 731 - Córdoba, 788) fue un príncipe de la dinastía omeya que tras diversos azares se convirtió en el primer emir independiente de Córdoba en el 756.


Nieto de Hisham ibn Abd al-Malik, el décimo califa omeya, e hijo del príncipe Mu'awiya ibn Hisham y Rah, una concubina esclava cristiana berebere de la tribu Nafza, Abderramán nació en un monasterio del entorno de Damasco. Cuando el califa Marwan II fue derrotado y muerto en el año 750 en Egipto y se instauró la nueva dinastía de los abasíes, el joven omeya tenía menos de veinte años. El nuevo califa Abu-al-´Abbas temeroso que la influencia que aún poseían los omeyas pudiera amenazar el derecho al trono de su familia invito a sus rivales a la ciudad palestina de Abú Futrus, donde se llevaría a cabo un banquete donde se masacraron a los omeyas asistentes (25 de julio de 750). Los únicos sobrevivientes de la masacre fueron Abd ar-Rahman, su hermano Yahya, su hijo de cuatro años Sulayman, sus hermanas y un liberto de origen griego, Badr. Haciéndose pasar por refugiados huyeron de Damasco a una aldea, donde fueron perseguidos por los soldados de Abbas, Abd ar-Rahman tuvo que dejar a sus hermanas y su hijo escapando al desierto.

Junto con su hermano Yahya y su liberto se refugió con tribus beduinas en el desierto. Los abasidas persiguieron a sus enemigos sin piedad; llegando al río Éufrates seguidos de cerca por sus enemigos, Abd ar-Rahman y Bard cruzaron nadando a la otra orilla pero Yahya no pudo y tuvo que regresar donde fue capturado y decapitado, tras ver esto ambos fugitivos huyeron primero a Palestina y Siria y después al norte de África, el refugio común para aquellos que querían escapar de los abasidas.

Después de un tiempo Abderramán descubrió que su vida estaba amenazada y huyó aún más lejos hacia el oeste, refugiándose entre las tribus bereberes de Mauritania (en la tribu de los nafzas a la que pertenecía su madre) pero estos terminaron por expulsarlo. En sus viajes le acompañaban Bard y algunos pocos fieles a los omeyas. En medio de estos peligros mantuvo sus ánimos gracias a su confianza en una profecía de su tío abuelo Maslama, según la cual él restablecería la fortuna de su familia.
Abderramán comprendió que podía buscar apoyos en España en los sirios leales a su familia, descendientes de aquellos que habían intervenido en la conquista de la Península, cuatro décadas antes. De esta forma, Abderramán, embarcó para llegar a las costas de Granada (Almuñécar) en el año 755, con la intención de buscar nuevos seguidores que afianzaran sus posibilidades de alcanzar el poder que no había logrado en África. En aquellos años Al-Andalus era un territorio debilitado por continuos enfrentamientos étnicos. El país estaba en un estado de confusión debido al débil liderazgo del Emir Yusef o Yusuf, una simple marioneta en manos de una facción, y estaba dividido por las tensiones tribales entre árabes y los conflictos raciales entre éstos y los bereberes. En el Castillo de Turrush, Algarinejo (Granada), y apoyado por los mozárabes de la fortaleza, reclutó un pequeño ejército con el cual asaltar posteriormente el poder. Ahí fue proclamado gobernante por sus partidarios leales a los omeyas y los opositores a Yusef. En aquel momento Yusef no pudo hacerle frente porque se encontraba auxiliando a Zaragoza, sitiada por los rebeldes. Yusef volvió al sur inmediatamente, pero sus tropas habían sufrido fuertes pérdidas en el norte.

Para comprender este hecho no hay más que percatarse en el conglomerado de razas y religiones que constituían este territorio. En el aspecto étnico, convivían hispanorromanos, visigodos, sirios, árabes y bereberes. En lo relativo a los credos religiosos, coexistían musulmanes "viejos" que no eran otros que los propios conquistadores y sus descendientes, antiguos cristianos convertidos recientemente al Islam para evitar impuestos (llamados muladíes), cristianos que deseaban mantener su religión (mozárabes) y un importante grupo de judíos.

Abderramán reunió un ejército de leales formado por sirios, yemeníes y beréberes, y derrotó, tras una breve guerra, al emir Yusuf. Yusef comenzó negociaciones, y ofreció a Abderramán una de sus hijas en matrimonio y tierras. Este no aceptó y conseguida la victoria, entró en Córdoba y se dirigió al Alcázar, donde expulsó a unos soldados que se le habían adelantado y estaban saqueando el palacio. Los yemeníes, enfadadados por la prohibición del saqueo, se dirigieron a Abu Sabbah Yahya al-Yashubi, que les propuso matar al pretendiente con objeto de que el poder pasara de nuevo a manos de los kalbies yemeníes. Su propuesta fue rechazada.
Se proclamó emir independiente de Al-Ándalus en Archidona el 16 de marzo y los abasidas de Bagdad perdieron este territorio.8 Poco después Abderramán entró triunfante en Córdoba con su espléndido caballo blanco, el día del 'Aid al-Kabir (commemoración del sacrificio de Abraham). Inmediatamente después liberó de la esclavitud a una visigoda conversa al Islam a la que desposó. Ella fue la madre de Hisham I.
Para asegurar su supremacía sobre las demás facciones en disputa Abderramán procuró la creación de un ejército profesional de hasta 40.000 hombres, con el fin de ganar la lealtad de sus hombres el mismo los entrenaba y elegía a sus oficiales. Incluía a cristianos (hispanos, francos y eslavos), bereberes y mamelucos entre sus filas y gentes de todas las clases sociales, incluso esclavos, que recibían una paga permanente.
Abderramán I se mantendría en el trono hasta su muerte y en los más de treinta años de gobierno sus esfuerzos fueron dirigidos a crear un estado organizado y fuerte, siguiendo el modelo de gestión de los omeyas de Damasco. Abderramán I creó un fuerte estado (emirato-califato de Córdoba) que a pesar de sus constantes tendencias disgregadoras e independentistas, fue capaz consolidar un estado musulmán en la Europa occidental y arremeter contra la nueva organización de resistencia cristiana del norte.

Información:
Wikipedia
Biografias.

martes, 10 de julio de 2012

Poesia en al-Andalus.




¡Oh tú, en cuyas mejillas ha escrito el vello dos líneas que,
al destruir tu belleza, despiertan ansias y cuidados!
No sabía que tu mirada era un sable, hasta ahora
que te he visto vestir los tahalíes del vello.

El libro de las banderas de los campeones de Ibn Said al-Maghribi.
Traducción de E. García Gómez.27


Le di aquello que me pedía, le hice mi señor...
El amor ha puesto bridas en mi corazón
como un camellero pone bridas en su camello.
¡Cuántas noches me han servido las copas
las manos de un corzo que me compromete!
Me hacía beber de sus ojos y de su mano
y era embriaguez sobre embriaguez, pasión sobre pasión.
Yo tomaba los besos de sus mejillas y mojaba mis labios
en su boca, ambas más dulces que la miel.

Ibn al-Kattānī, Tašbīhāt, núm. 177.



Turbado por las miradas, te parecería
que acaba de despertarse del sopor del sueño,
la blancura y rubicundez se asocian en la belleza,
sin que sean contrarias, pues son semejantes;
como cadenas de oro rojizo sobre un rostro de plata,
así la aurora, blanca y rubia,
es la que parece imitarle.
Cuando aparece el rubor en sus mejillas
es como el vino puro en cristal de roca.
Yo le seguí hasta la puerta de su casa,
porque hay que seguir a la pieza hasta alcanzarla,
le até con mis riendas
y fue dócil a mi bocado.
Fui a beber a los pozos del deseo
y pasé por encima de la vileza del pecado...

Ibn Suhayd, Dīwān, Pellat, pp. 160-153.


miércoles, 4 de julio de 2012

Las tres hijas del rey Abib.


Cuando el rey San Fernando avanzaba por tierras andaluzas, el rey Abib fue despojado de sus dominios  y se refugió en la corte de Granada, alquiló un palacio y en él guardó sus tesoros. Sin embargo, sólo le consolaba el tener junto a él a sus amadas hijas, bellas como la luna del Ramadán y blancas como la nieve de la sierra. Nunca salína de palacio y jamás visto a ningun hombre.
Y sucedió que una tarde oyeron voces armoniosas, que deberían venir de algunos ocultos mancebos, que decían que nunca se casarían con los propuestos por el rey Abib; se lo aseguraban en nombre de los genios que habitaban el palacio. A continuación vieron sobre sus regazos tres sortijas iguales. Cada una imaginaba que el suyo habría de ser el más arrogante. S ino oían sus voces a la hora acostumbrada, se ponían tristes; ni su propio padre pudo hacer nada por saber y, alarmado, se preguntaba qué era lo que había cambiado a sus hijas, antes tan alegres y despreocupadas.
Una tarde en que las tres princesas estaban sentadas en unos cojines, oyeron un rumor de pasos y ante ellas vieron a tres gallardos caballeros lujosamente ataviados, que traían en sus manos unas sortijas idénticas a las que ellas habían recibido. Uno de los mancebos avanzó hacia la más joven y le dijo que era el genio de las aguas; quería hacer su esposa y llevarla a un palacio que tenía bajo las aguas de las fuentes de Granada. La joven aceptó lo que se le proponía. Otro fue hacia la segunda princesa y se presentó como el genio de los aires; deseaba conducirla a una mansión encantada, sobre los vientos y las nubes, donde vivirían la mayor felicidad. También aceptó ahora la princesa elegida. El tercero se dirigió a la última princesa; era el genio de los jardines y ponía a su disposición un palacio hecho con pétalos de rosa.
Al enterarse el rey Abib de la fuga de sus hijas, mandó registrar el palacio, más todo fue inútil; en ninguna parte se encontró el más leve rastro de las princesas. Cuando la gente supo de lo ocurrido, no creyó que aquellos misteriosos raptores fueran genios, como afirmaba una vieja esclava que decía haber presenciado la escena, sino unos guerreros cristianos que habían logrado burlar la guardia de palacio.
Trascurrieron siglos. Un buen día fue a vivir en la casa que otrora fuera palacio del rey Abib un hombre de mediana posición, llamado Jorge , con su familia. Una vez que llegó a sus oídos la noticia de que en aquella casa escondió el rey Abib sus tesoros, desde entonces no dejó de buscarlos por todos los rincones. Levantó ladrillos, horadó muros, pero no logró encontrar nada. Desesperado, decidió vender su alma al diablo si le ayudaba a encontrar el codiciado tesoro. Pocos días más tarde, halló en una habitación de la casa un cofre lleno de monedas de oro.
Mas poco después la familia empezó a notar cambios raros en su carácter, blasfemaba sin ton ni son y siempre quería estar sólo. Pasó un año y llegó la Nochebuena. Por la noche salió de sus habitaciones y fue a donde estaba su familia. Emperzó a beber vino alegremente y, de pronto, le vieron palidecer. Aterrado, retrocedió hacia la pared, mientras hacía ademán de alejar a alguien. Acababa de ver al diablo, que con voz siniestra le pedia su alma a cambio de la ayuda prestada. Su familia nada veía y, por lo tanto, no podía comprender lo que ocurría. Poco después vieron cómo el hombre caía muerto, empezó a descomponerse y atribuyeron su muerte al exceso de vino.

Adaptación de LEYENDAS DE ANDALUCIA de Sergio Munuera.

lunes, 2 de julio de 2012

La caida de los omeyas.

   A mediados del Siglo VIII, el califato de Damasco que estaba en poder de la dinastía omeya, iba a sufrir un cambio radical, pasando a manos de los abbasíes. En los últimos tiempos, los califas omeyas se habían mostrado negligentes en el terreno religioso y tiránicos en el aspecto fiscal, lo que contribuyó a su impopularidad. La mayoría de ellos, tenían un ansia desmedida por los placeres, ocupándose poco o nada de los separatismos locales, que cada vez cobraban más fuerza, mientras se ahondaba la brecha que les separaba de sus súbditos, muchos de ellos, nuevos musulmanes que ya no eran árabes, pero que, con la fe islámica recién adquirida, se mostraban fervientes devotos.
Sus gobernantes, sin embargo, era tibios practicantes y el califato se habia convertido, casi, en una institución laica. Se quejaban de que sólo a los árabes se les concedían los mejores cargos, en detrimento de otros musulmanes, pero esta política no satisfacía ni a los árabes ni a lo que tenían otro origen. Por si todo esto fuera poco, los omeyas reinantes se enfrentaban a la ya clásica rivalidad entre qaysíes y kalbíes, y  en lugar de mantener una prudente distancia entre ambos clanes e intentar equilibrar  sus posiciones, se inclinaban, por uno u otro bando, con las consecuencias que esto acarreaba.
   Después de que las rebeliones estallasen por todo el imperio árabe, llegaron también a la misma Siria. Todas las provincias se pusieron en pie de guerra. El califa al-Walid, huido de Damasco, morirá asesinado. Su sucesor, Yazid III, reinará muy poco tiempo y la situación se irá agravando. La sangre corre por todas partes. Marwan II, un omeya de la casa reinante, logró recobrar Damasco y entronizarse como califa, pero no contará con fuerzas suficientes para la ingente tarea que tenía por delante y que pasaba por reconquistar Siria, Mesopotamia, donde se habían hecho fuertes los jarichíes y el Jurasán donde los chiíes habían organizado un levantamiento armado.  Ejércitos disciplinados, bien armados, siguiendo al liberto Abu Muslim, atacaban el oeste, mientras esperaba la llegada del auténtico " imán oculto " que iba a devolver toda su pureza al Islam, exterminando a los aborrecidos Omeyas. 
   El 28 de diciembre, el bisnieto de Abd Allah ben al-Abbas, primo hermano del Profeta y de Alí, revela que él es el esperado y en la mezquita mayor de la ciudad iraquí de Cufa, es proclamado emir. Es el primer abbasí, Abu-l-Abbas Abd Allah, que, previamente, ya había levantado sus estandartes negros, el color de la nueva dinastía, en el Jurasán. Desde el almimbar, el día de su proclamación, expone su programa de gobierno y une a su nombre el apelativo de al-Safah, " el derramador de sangre ", lo que puede dar una idea clara sobre cuáles eran sus propósitos.
   Con su ejército chií, Abu-l Abbas, se dirige a Siria, atravesando Mesopotamia. Marwan intenta cortarle el paso en las estepas de Irak, pero es derrotado y perseguido por Siria y Palestina, hasta que en Busir, en el Alto Egipto, es alcanzado y herido de muerte, caerá, con las armas en la mano, el 7 de julio de 750.
   El nuevo califa abbasí, aun antes de la muerte de Marwan, había empezado ya con una cacería de príncipes marwaníes. Acosados y perseguidos, son asesinados al instante cuando se les atrapa y sus cuerpos privados de sepultura. Para colmo de perfidia, Abu-l-Abbas promulga una amnistía para hacer salir de sus escondites a los perseguidos que caen en la trampa, pues la amnistía es violada y en cuestión de unas semanas, no menos de unas ochenta personas pertenecientes a la rama omeya, serán exterminadas sin piedad.
De esta terrible matanza sólo escaparán dos omeyas, nietos del califa Hisham ben Abd al-Malik ben Marwan. Eran Yahya ben mu´awiya y su hermano Abd al-Rahman. 


información:
AL ANDALUS ....Libro de Concha Masiá
   

jueves, 28 de junio de 2012

La penitencia de don Rodrigo. Romances.



De viva tradición española y judeo-española hasta nuestros días, este romance relata el legendario final de don Rodrigo.
Si la historia no aclara con precisión las circunstancias que rodearon su muerte, los relatos de los siglos XIV y XV narran la penitencia que el monarca acepta y acata, arrepentido y con entereza, y que consiste en introducirse en un sepulcro, en donde una culebra o serpiente simbólica, que aparece también en otros romances, va a devorarle sigilosamente, comenzando por la parte más pecadora y que arruinó a España y siguiendo por el resto del cuerpo, hasta que le llega la muerte.



Después que el rey Don Rodrigo  a España perdido había
íbase desesperado por donde más le placía;
métese por las montañas las más espessas que vía
porque no le hallen los moros que en su seguimiento ivan.
Topado ha con un pastor que su ganado traía;
Díxole:-Dime, buen hombre, lo que preguntar quería
si ay por aquí poblado o alguna casería
donde pueda descansar que gran fatiga traía.
El pastor respondió luego que en balde la buscaría
porque en todo aquel desierto sólo una ermita avía.
Donde estava un ermitaño Que hazía muy sancta vida.
El rey fue alegre desto por allí acabar su vida;
pidió al hombre que le diesse de comer, si algo tenía.
El pastor sacó un çurrón que siempre en él pan traía;
dióle dél y de un tassajo que acaso allí echado avía;
el pan era muy moreno, al rey muy mal le sabía.
Las lágrimas se le salen, detener no las podía,
acordándose en su tiempo los manjares que comía.
Después que ovo descansado por la ermita le pedía;
el pastor le enseñó luego por donde no erraría;
el rey le dio una cadena y un anillo que traía:
joyas son de gran valor que el rey en mucho tenía.
Comenzando a caminar ya cerca el sol se ponía;
llegado es a la ermita que el pastor dicho le avia;
él dando gracias a Dios luego a rezar se metía;
después que ovo rezado para el ermitaño se iva:
hombre es de autoridad que bien se le parescía.
Preguntóle el ermitaño cómo allí fue su venida;
el rey, los ojos llorosos aquesto le respondía:
-El desdichado Rodrigo yo soy, que rey ser solía,
véngome hazer penitencia contigo en tu compañía;
no rescibas pesadumbre por Dios y Sancta Maria.
El ermitaño se espanta; por consolallo dezía:
-Vos cierto avéis elegido camino cual convenía
para vuestra salvación que Dios os perdonaría.
El ermitaño ruega a Dios por si le revelaría
la penitencia que diesse al rey, que le convenía.
Fuéle luego revelado de parte de Dios un día
que le meta en una tumba con una culebra biva
y esto tome en penitencia por el mal que hecho avía.
El ermitaño al rey muy contento se volvía,
contóselo todo al rey como passado le avía.
El rey desto muy gozoso luego en obra lo ponía:
métese como Dios manda para allí acabar su vida.
El ermitaño, muy sancto, mírale al tercer día,
dize:-¿Cómo os va, buen rey? ¿Vaos bien con la compañía?.
-Hasta ahora no me ha tocado, porque Dios no lo quería.
Ruega por mí, el ermitaño, porque acabe bien mi vida.
El ermitaño lloraba; gran compasión le tenía,
començóle a consolar y esforçar cuanto podía.
Después buelve el ermitaño a ver ya si muerto avía:
halló que estaba rezando y que gemía y plañía:
preguntóle cómo estaba: -Dios es en la ayuda mía,
respondió el buen rey Rodrigo, la culebra me comía;
cómeme ya por la parte que todo lo merescía,
por donde fue el principio de la mi muy gran desdicha.
El ermitaño lo esfuerça: el buen rey allí moría.
Aquí acabó el rey Rodrigo,  Al cielo derecho se iva.




un cuarto romance, versión facticia de La
penitencia... que nos aportará nuevos datos al tema elegido.


Allá arriba en alta sierra alta sierra montesía,
donde cae la nieve a copos y el agua menuda y fría,
donde no hay moro ni mora ni gente de cristianía,
si no era un ermitaño, que hacía muy santa vida.
-Por Dios te pido, ermitaño, por Dios y Santa María,
hombre que forzó mujeres si el alma tiene perdida.
-Perdida no, el caballero, no siendo hermana ni prima.
-Ay de mí, triste cuitado, esa fue la mi desdicha,
que dormí con una hermana y también con una prima.
Confiésame, el ermitaño, confiésame, por tu vida.
-Confesar, confesaréte; absolverte no podía.
Estando en estas razones del cielo una voz se oía:
-Absuélvelo, confesor, absuélvelo, por tu vida,
y dale de penitencia conforme la merecía.
Metiéralo en una tumba con una culebra viva;
siete varas tien de largo, siete cabezas tenía.
El bueno del ermitaño iba a verlo cada día:
-¿Cómo te va, don Rodrigo, con tu mala compañía?
-Bien me va, gracias a Dios, mejor que yo merecía;
de la rodilla para abajo tengo la carne barrida,
de la rodilla para arriba pronto me comenzaría.
-Ten paciencia, penitente, con tu mala compañía;
le pediré a Dios del cielo que te saque de esta vida.
El bueno del ermitaño a visitarle volvía:
-¿Cómo te va, don Rodrigo, con tu mala compañía?
-Bien me va, gracias a Dios, mejor que yo merecía;
de cintura para abajo tengo la carne barrida,
ya me llega al corazón que era lo que más sentía.
Adiós, adiós, confesor que se me acaba la vida.
-Adiós, adiós, penitente, Dios vaya en tu compañía.
Las campanas de aquel pueblo ellas de sí se tañían
por el alma de Rodrigo que para los cielos iba;
dos mil ángeles del cielo llevaba en su compañía.




Es obvio el interés histórico que estos relatos o narraciones tradicionales encierran, pues se ocupan de un hecho cuyos orígenes se
remontan a la época visigótica.


Por el valle las Estacas/va Rodrigo al mediodía;
van relumbrando sus armas/como el sol del mediodía.
Ha encontrado un ermitaño,/el más cristiano que había:
-Por Dios te ruego, ermitaño,/por Dios te rogar quería
que me cuentes la verdad/y me niegues la mentira,
hombre que esfuerza mujeres,/¿el alma tendrá perdida?.
-El alma perdida no,/no siendo una hermana o prima.
-Ay triste de mí, ay triste,/esa fue desgracia mía;
me acosté con una hermana,/esforcé a una prima mía,
he matado a mi mujer,/ tres hijos que yo tenía,
maté a mi padre y mi madre,/todos les maté en un día.
Hombre que hizo tantas muertes/¿qué penitencia tendría?.
Tratan de hacerle una cueva/y enterrarle en ella viva;
allí había una serpiente/que siete bocas tenía
De la cinta por abajo/ya comido le tenía;
de la cinta por arriba/empezado le tenía.
-Y trae una luz de pronto/si me quieres ver la vida.
Por pronto que se la traen/Rodrigo ya se moría.
Cómo tocan las campanas,/cómo tocan doloridas
por el alma de Rodrigo/que para el cielo camina.