La palabra «almunia» (al-munya), que pudiera venir del griego fue adoptada por los coptos y se usó en el Oriente musulmán con la vocalización minya, con el sentido de «estación, puerto de navegación, lugar de retiro espiritual». En al-Ándalus, con vocalización munya, atestiguada por los topónimos «Almunia», designaba, en cambio y por lo general un «cortijo»: una casa de campo, rodeada de jardínes y de tierras de labor, que servía de residencia ocasional, y era, al mismo tiempo, finca de recreo y de explotación. Una breve y sintética descripción la tenemos en los Anales de al-Hakam II contenidos en el Muqtabis de Ibn Hayyân; cuando cuenta que el gran fatá Durri regaló al Califa su hermosa almunia del Guadarromán «con cuanto tenía dentro y fuera de ella: jardines bien regados, tierras labrantías, esclavos, esclavas, bueyes y bestias de carga».
Burckhart, en su libro La cultura del Renacimiento en Italia, ha sostenido que los italianos fueron los primeros hombres de la edad moderna que apreciaron el paisaje y se deleitaron con él, creando sus villas o casas de campo. Pero ignoraba que los musulmanes andaluces se les habían adelantado en siglos. Leopoldo Torres Balbás, en su estudio, Los contornos de las ciudades hispano-musulmanas, lo subraya con elocuencia y lo demuestra con profusión, poniendo de relieve la lamentable diferencia que mediaba a este respecto entre la civilización musulmana andalusí y la cristiana que le sucedió.
Almunias debieron de tener todos los ricos cordobeses: en primer lugar, claro es, los Emires y los Califas; pero luego, a imitación suya, los príncipes y los altos funcionarios.
El número de las de la casa real hubo de llegar a ser muy grande, debido a las sucesivas herencias; a las que el capricho y el afán de novedad hacían crear a cada uno de los soberanos (pues éstos no gustaban el seguir en las residencias de sus mayores e innovaban incluso en los palacios); y al hecho de que, por confiscación o por regalo -como el caso del gran fatá Durrî-, muchas de las almunias particulares pasaban a formar parte del patrimonio real.
Habiendo tantas en éste, su destino era muy diverso: algunas, tradicionales, o más embellecidas, o ampliadas, por la persistencia del capricho de un soberano o por la coincidencia de la predilección de varios, tomarían aires de verdaderos palacios secundarios, de «sitios reales», en la acepción actual; otras, desmanteladas o medio abandonadas, servían, con un arreglo momentáneo, para alojar huéspedes de marca; otras tendrían una vida efímera, serían la distracción de unos años, y, una vez olvidadas, acabarían por desaparecer como tales fincas de recreo y por revertir al campo.
Las construcciones andalusíes de tipo semi-privado y no monumentales eran tan frágiles, y han soplado sobre ellas tan violentos huracanes históricos, que no sólo no han llegado a nosotros, sino que en los mismos tiempos surgían y desaparecían, sin que ni siquiera se conservase la memoria de su emplazamiento. Si incluso un gran palacio como el de Almanzor -Madina Záhira- no ha dejado huella, y los eruditos disputan, con más o menos fundamento, si ha de colocarse acá y allá en el plano, ¿que no pasará con las modestas almunias? Su inventario y escalafón -las desaparecidas, las preferidas, las tradicionales, las en boga- cambiarían a cada momento. La lista de las citadas con más frecuencia en las crónicas omeyas es muy distinta de la que Ibn Zaydún redacta, ya derribado el Califato, en varios de sus poemas. En un siglo, a pesar de ser tan turbado, la fiebre constructora y renovadora seguía en pie.
Algunas de las almunias citadas en los Anales de al-Hakam II:
La almunia de Arhâ' Nâsih
Fue lapredilecta ocasional del Califa al-Hakam II en los años que los Anales abarcan, considerándola su «favorita», y a la que llamaba «almunia de los molinos de Nâsih». En ella residía en rab'í al-awwal del año 361 (enero 972 ), en shawwâl del 363 (julio 974), y en ella pasó la noche del 11 raÿab 364 (27 marzo 975), como etapa en su viaje desde al-Zahrâ' al Alcázar de Córdoba, cuando, minado ya por la apoplejía, se decidió, aconsejado por los médicos, a abandonar la ciudad palatina.
Estaba situada esta almunia, como su denominación «de los molinos» indica, sobre el río, en la orilla derecha, aguas abajo de Córdoba. Idrisi dice que era la última estación viniendo en barco por el Guadalquivir desde Sevilla. Ibn Zaydún habla, en el siglo XI, en uno de sus poema del Mahbas Nâsih, o sea «la presa de Nâsih», y aparece también en un zéjel de ar-Riyâhî.
La almunia an-Nâ'ûra
Gran prestigio y aires de palacio «almunia de la Noria». Se dice que, en muharram del 361 (noviembre 971) fue trasladada la Casa de las acémilas desde el edificio que ocupaba en la Musâra a otro próximo al mahbas (cárcel) inmediato al alcázar de an-Nâ'ûra. Por allí pasó en ramadán del año 361 (junio 972) la aceifa que salía contra los Normandos. Allí, en muharram del 363 (octubre 973), quedó depositada la cabeza de un rebelde africano antes de su exposición en la Puerta de la Azuda del Alcázar. La almunia tenía delante un fahs o «campo», en el que, después de atravesar solemnemente Córdoba, asentó sus reales el general Gâlib, a su regreso de África trayéndose a los últimos Idrisies (muharram 364, septiembre 974). Allí, por último, reposó el soberano, viniendo de pernoctar en la almunia de Arhâ' Nâsih, la mañana del 12 rayab del 364 (28 marzo 975), cuando se trasladaba enfermo de az-Zahrâ' a Córdoba, y allí, después del salat del mediodía, le aguardaban los altos dignatarios del Estado, cuando él hizo su aparición por «la gran puerta» (al-bâb al-a'zam), llamada de al-mansaba, del palacio.
Esta almunia, fundación del emir 'Abd Alláh, fue por algún tiempo, la residencia favorita de 'Abd al-Rahmân III. Sirvió de residencia a Ordoño IV cuando vino a Córdoba. La devastaron las tropas de Wâdih en el 401 (1010), durante la guerra civil. Castejón la sitúa lejos del río, en la Huerta del Rey. Pero es evidente que estaba junto al Guadalquivir, pegada a la musallá del fahs antiguo de la Musâra, aguas abajo de Córdoba, en la orilla derecha.
El nombre «an-Nâ'ûra», le venía de una máquina hidráulica (noria) que regaba sus jardines o las tierras de aquella parte, elevando las aguas del río, lo que indica también, que se encontraba a la orilla de éste.
La almunia de Nasr
Más antigua era la famosa munya Nasr, o «almunia de Nasr», que tomó su nombre del famoso fatá eunuco, favorito de 'Abd al-Rahmán II. Pasó luego a poder del emir 'Abd Alláh. En el año 338 (949) alojó a la embajada bizantina de Constantino Porfirogeneta. Fue puesta más tarde a disposición de alHakam II, cuando era príncipe heredero.
El los Anales nos dice que fue destinada para alojamiento del Conde Bon Filio y de sus acompañantes, cuando vinieron de Barcelona en embajada.
Estaba situada a la ribera izquierda del Guadalquivir, «en la orilla del arrabal, al lado del antiguo cementerio del Arrabal». El Rawd mi'zâr le dedica un curioso artículo: se le llamaba también Arhâ' al-hinnâ' (los molinos de la alheña); su ángulo S.O. se llamaba ar-Rakîn; el espacio comprendido entre al-Rakîn y el río era el punto de cita de los elegantes de Córdoba; sobre ella se compusieron muchos versos. Quedó también arruinada en el siglo XI, durante la guerra civil.
La almunia de Ibn al-Qurashiyya
De uno de los Hermanos (al-Aj) del Califa al-Hakam II, el llamado Abú-l-Hakam al-Mundir, hijo de `Abd al-Rahmán III y de la tía de éste Fátima, hija del emir al-Mundir, por lo cual se le llamaba lbn al-Qurayshiyya (el hijo de la Qurayshî), tomaba nombre una almunia en la que quedaron hospedadas las mujeres de Ya'far y de Yahyá, los dos hijos de `Ali ibn al-Andalusî, cuando éstos se pasaron desde África. Tenía esta almunia delante un fahs o «campo» en el que acamparon (ramadán 364-junio 975) los refuerzos que partían para incorporarse al general Gálib cuando éste se hallaba en la campaña de Gormaz.
Se hallaba situada asimismo esta almunia a la orilla del río (bi-shatt al-nahr), en un lugar que figura en el manuscrito con dos formas distintas: ash-Shamâmât y ash-Shâmât. El primer vocablo significaría «los melones» o «los aromas»; y el segundo, «los lunares». Este último parecería más plausible, aplicado a jardines, que son como lunares en medio de un terreno árido; pero acaso tiene más probabilidades el otro, pues parece más lógico que el copista haya por descuido suprimido letras, que no que las haya añadido.
Otras almunias
Todavía aparecen citadas en los Anales otras varias almunias menos famosas:
- La munyat `Abd Allah, o «almunia de 'Abd Allah», al oriente de Córdoba, propiedad de un Muhammad ibn Sa'id, que era nieto de Sa'id ibn Abi-l-Qásim, tío materno de `Abd ar-Rahmán III. A ella fueron a buscarlo, para prenderlo en rayab del 363 (marzo 974), por haber incurrido en el enojo del Califa, y, como lo hallaron ausente, siguieron la pesquisa hasta Manzil Haynam, donde estaba en uno de sus cortijos. Daba nombre esta almunia a uno de los arrabales orientales, y Castejón, cree posible su localización en huertos como los de San Agustín y San Pablo, que aún subsisten dentro de la Ajarquía.
- La munya de Ibn `Abd al-'Aziz (no sabemos de quien tomaba el nombre), en la que quedaron alojados Ya'far y Yahyá, los dos hijos de `Ali ibn al-Andalusi (dzú-l-qa'da 360, septiembre 971), en espera de ser recibidos solemnemente por el Califa, y en la que los mismos personajes cayeron en desgracia cuando intentaron resistirse a vender al Califa sus 'abîd o esclavos negros (shawwál 363 - julio 974). Se hallaba situada fuera de la medina, a poniente, al norte del río: para llegar a ella, una vez en la Musára, se torcía por la cuesta ('aqaba) en cuyo alto está la mezquita del hâÿib `Isá ibn Ahmad ibn Abi 'Abda, y luego se atravesaban los arrabales de la mezquita de as-Shifâ' y del baño de al-Ilbîrî ».
- La munyat al-Bunti, cuyo nombre es probablemente romance, quizás «el Puente». La cita Ibn Zaydún, en el siglo XI, dentro de una moaxaja.
- La munyat al-Muntalî, al oriente de Córdoba. En ella vivían alojados dos de los Hasaníes sometidos y venidos a Córdoba, y en ella (sha'bán 362, junio 973) se celebró una fiesta (i'dâr), pagada por el Califa, con motivo de la circuncisión de unos hijos de dichos personajes. Si el nombre no es árabe, acaso hay que suprimir la i final, y leer entonces en romance Montel o Montiel (el montículo, diminutivo mozárabe de «monte»).
- La munyat Naÿda, que tomaba nombre de al-Aqra' (el calvo), en la que (ÿumádá az-zani 362, marzo 973) fueron hospedados unos guerreros de Masmúda, pasados a la obediencia de un Naÿda, cuñado de `Abd al-Rahmán III; pero no sabemos si es el mismo porque se le llama Hîrî, y no al-Aqra'.
- Por último, y dentro del tipo de almunia particular - como la ya mencionada de `Abd Alláh - era también la munyat Durrî o Rumâniyya, por hallarse situada a orillas del Wâdî Rumân, el actual arroyo Guadarromán, cerca de la ribera derecha del Guadalquivir, aguas abajo de Córdoba, más abajo que la almunia de Arhâ' Nâsih, puesto que según Idrisi era la penúltima estación viniendo en barco desde Sevilla. Fue creación del gran fata Durrî, quien invirtió en ella su caudal y tenía allí puestas todas sus esperanzas; pero en sha'bán del 362 (mayo 973) resolvió regalársela al Califa, quien en ocasiones, fue allí su huésped, acaso para afirmarse en la gracia real, recientemente recobrada tras un paréntesis de cólera del soberano. Aceptó éste la donación, constituyendo en administrador de la finca al mismo que en ese momento dejaba de ser su propietario. El día 13 del mencionado mes (19 mayo), Durrî organizó en ella una fiesta campestre, que puede servir de ejemplo de las que eran corrientes en las almunias. Asistió el Califa, acompañado de sus mujeres y del príncipe heredero, trasladándose hasta ella a caballo desde Madina az-Zahrâ', e innumerable gentío. El anfitrión ofreció una espléndida comida a los invitados que acampaban dentro y fuera de la finca y para quienes habían sido dispuestos pabellones y tiendas de campaña. La familia califal tenía preparadas alcobas en el interior; aunque el Califa, siempre inquieto e indeciso, renunció a última hora a pasar allí la noche, volviéndose a Madina az-Zahrâ'.
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lunes, 9 de septiembre de 2013
viernes, 6 de septiembre de 2013
LA CONSTRUCION DE MADINAT AL ZAHIRA
En el año 979, Al Mansur ibn abi amir hizo construir un alcázar llamado al-Zahira, cuando su posición era preponderante, su llama brillaba en todo su esplendor, su independencia era manifiesta y eran numerosos sus enemigos. Temeroso de arriesgar su vida por más tiempo en el palacio del príncipe y de exponerse allí a alguna emboscada, tomó precauciones que descubrieron a su señor lo que había estado oculto hasta entonces: que su ministro era más poderoso que él y que rechazaba reconocer su supremacía. Se alzó la orden de los reyes haciendo construir un palacio para residir en él, con su familia y los suyos, para convertirle en la sede de su autoridad y marcar así su seguridad y para reunir esclavos y guardias.
Eligió como emplazamiento del mismo, que él hizo suyo, un sitio llamado al-Zahira, notable por sus alcázares espléndidos, situado sobre un punto de la región que avanza sobre el río grande de Kurtuva y allí dispuso y arregló cuanto pudo hacerlo extraordinario.
En el año señalado comenzó su edificación, para lo que hizo venir obreros y trajo máquinas considerables y revistió a sus palacios de un brillo que alucinaba. Dio a la población grandes proporciones y mostró grandes deseos de verla desenvolverse extensamente en el llano; la rodeó de altas murallas y nada perdonó para igualar las alturas y depresiones del interior. La ciudad pudo mostrar en muy breve plazo sus grandes dimensiones, porque la mayor parte fue terminada en dos años y con tal rapidez que es una de las cosas más notables que se cuentan
En el 981 al-Mansur se trasladó a ella y se instaló en ella con jassa (los más pudientes de la sociedad) y la amma (el pueblo llano); la convirtió en su residencia, la guarneció de todas sus armas y llevó a ella sus bienes y negocios. Instaló allí las diversas reparticiones de la administración y de la hacienda, estableció dentro de los muros los graneros y permitió a los molinos alzarse en el llano. Después dio feudo en sus alrededores a sus visires y sus secretarios, a sus oficiales y a sus hachibes, para que ellos edificaran allí sus residencias importantes y palacios considerables, y no descuidó las zonas intermedias que constituían propiedades productivas y pabellones bien tenidos. Abrió mercados frecuentados por numerosas caravanas, acudieron pobladores a porfiar para fijarse allí y establecer su domicilio en las vecindades de quien ejercía la máxima autoridad; construyeron en competencia sus moradas en los alrededores y con ello sus arrabales llegaron a tocar a los de Kurtuva y se produjo un gran progreso en la zona cuyo centro ocupaba la sede del poder.
El califa privado de toda influencia solo estuvo en adelante adornado de un vano título y al-Mansur hizo del Califato un perfil que se borraba poco a poco. Allí tuvo al-Mansur consejo de sus visires, ordenados jerárquicamente, y con sus principales oficiales, allí convocó a los funcionarios; a la puerta del tal lugar colocó su guardia y estableció su jefe, como si se tratase de la sede del Califato y de igual manera que para la autoridad suprema.
Ordenes enviadas a todas las provincias de al-Andalus y la orilla africana dispusieron el envío a al-Zahira del monto de los impuestos, se prescribió a los gobernadores y a los solicitantes que acudieran a ella, y se tomaron medidas para que nadie se apartara de al-Zahira en busca de la puerta del palacio califal. Allí fueron resueltos toda clase de asuntos y allí afluyeron las gentes venidas de cualquier parte.
Abi Amir consiguió así lo que anhelaba y vio cumplidos sus deseos; el palacio califal fue privado de visitantes y por ende de todo partidario devoto. Entonces cerró la puerta del palacio del príncipe para que no llegase allí ninguna noticia, encargó a personas de su confianza su custodia, que ejercieran en él plenos poderes, vigilaran en su nombre a cualquiera que entrase en él e impidieran todo movimiento sospechoso en su interior.
Había arrebatado al Califa todo su poder administrativo y con tales medidas le impidió ejercer ninguno de los atributos de su realeza- Hixam fue así privado de libertad e influencia y no se supo de él sino por su nombre acuñado en las monedas o pronunciado en los mimbares (arena blanca para depositarla en el mimbar de la Mezquita). El mimbar es un púlpito donde el imán se para a dar sermones.
Texto del libro: la increíble historia de los reyes de España y de Marruecos, escrito por IBN IDHARI AL BAYAN AL MUGHIB.
Facilitado por José Luis del Pino
Al Mansur Abi Ibn Amir. Canciller de Al-Andalus.
Sin ser califa ni quererlo, con el solo título de hayib, gobernó Al Ándalus desde 981 hasta su muerte en 1002. Administró el estado, reformó los ejércitos, emprendió más de cincuenta guerras y las ganó todas. No sólo por eso, durante esas dos décadas, Almanzor fue el personaje más importante de esta parte del mundo. Y después durante siglos su figura perduró entre nosotros, a veces como ejemplo de gobierno y milicia, casi siempre como ser malvado al que se le imputaban derrotas que nunca sufrió y tambores que nunca perdió, casi nunca en su justa medida de personaje histórico, cuyo epitafio —compuesto por el poeta Yaziri— refleja su verdad:
Sus huellas en la tierra
te mostrarán su historia.
Cuando las encuentres,
creerás que lo estás viendo
con tus propios ojos”.
Un califa en una hornacina (septiembre de 976/safar de 366)
En el mes de las bodas, un meteoro incandescente apareció en el cielo de la parte oriental de Al Ándalus. Las mujeres y los niños se refugiaron en las mezquitas, los agricultores se reunieron en los zaguanes y las calles de Córdoba se quedaron desiertas en el calor del mediodía. El ejército recibió la orden de salir de los cuarteles. Después de la siesta, se oyó el reverberar de las plegarias y unos cánticos lastimosos que anunciaban la muerte por angina de pecho del califa Alhakam II.
De alguna forma lo fue durante toda su larga vida pero, por entonces, el heredero era tan sólo un niño de once años llamado Hixam. La teología política del Islam no acababa de aceptar que un niño pudiera ser califa. Por eso, en las exequias de Alhakam II, cuando el féretro ya estaba preparado para la plegaria, tronó una voz de desafío. Era el cadí Salim:
–¿Quién rezará por el Califa? –preguntó.
–¡Quién ha de hacerlo? –respondió el primer visir–. Pronunciará la plegaria su hijo y heredero, el Califa Hixam II.
Con determinación entrenada, un impúber rubio y orondo se acercó al féretro para iniciar los rezos. Entonces la voz recia del cadí se lo impidió:
–¡Una oración como ésta no servirá de nada al Califa!
El anciano desplazó al muchacho, se colocó junto al féretro y comenzó las exhortaciones. Nadie se atrevió a interrumpir el cántico monocorde de aleyas y augurios indescifrables que el cadí demoró todo lo que pudo. Después del entierro, aquel viejo jurista quiso explicar a los notables que de no haber dirigido la plegaria como lo hizo, habrían enterrado sin exequias al Califa Alhakam II. Con la edad en que ya no se teme a las palabras, añadió que esto no habría sido un castigo desmedido para alguien que dejaba al frente de la nación a un jovenzuelo imberbe.
En realidad, al hablar así y al dirigir él la plegaria, el cadí no pretendía restar legitimidad a la proclamación de heredero. Con recursos de viejo, quería ejercer la violencia justa para aplazar una guerra fratricida. No lo consiguió. Dos cortesanos eslavos llamados Nizamí y Yawdhar protagonizaron una intentona para poner en el trono a un hermano del difunto Alhakam, de nombre Almugira. La reacción legitimista partió no sólo de Almushafí, el primer visir, sino también de un alto funcionario llamado entonces Abí Amir, pero que pronto pasaría a la historia como Mansur o Almanzor.
Cuentan las crónicas que apenas supo de la conjura, el que después sería Almanzor y que era ya, entre otras cosas, jefe de la policía urbana de Córdoba, rodeó con un comando la casa de al-Mugira. Cuentan también que, muy asustado, este príncipe omeya se apresuró a jurar fidelidad a su sobrino. Almanzor se apiadó, pero el primer visir le reiteró la orden de ejecutarlo. Delante de toda su familia, Almugira fue colgado de una viga en el salón de su casa. Con frialdad y de manera rutinaria, Almanzor mandó levantar el cadáver y enterrarlo allí mismo. El caso fue calificado como suicidio y archivado.
La entronización del niño fue espectacular. Podemos imaginarla porque el coronado no sólo recibía la adhesión territorial de las coras (curias o provincias) de todo El Ándalus, sino también el vasallaje de cada uno de los jeques y el poder religioso que le entregaban los representantes de la comunidad de los musulmanes. En seguida, Almushafí se hizo nombrar hayib. Amir se convirtió en visir, (algo así como consejero o ministro). Y con Galib, el general en jefe de las tropas de la frontera con residencia en Medinaceli, se confirmó el triunvirato. Los paralelismos entre la historia de la antigua Roma y la de Córdoba son numerosos.
La primera medida del triunvirato fue abolir el impuesto que gravaba el aceite de oliva, el tributo más detestado por los andalusíes. Comenzaba a vislumbrarse de este modo el populismo que caracterizaría al nuevo gobierno cordobés. Además, apenas se acercaba la primavera del 977, el que pronto se haría llamar Almanzor salió de Córdoba al frente de un ejército, se adentró por las comarcas del norte del Duero, derrotó a las partidas de montañeses de León y volvió aclamado por el pueblo. Había ganado la primera de las más de cincuenta guerras que a lo largo de su vida haría contra los reinos del norte.
Por detrás (o por encima, según se mire) de los tres miembros del triunvirato estaba la madre del Califa. Se llamaba Subh y era eslava, en concreto, navarra. Había sido durante muchos años la primera esposa de Alhakam. Se cuenta que el refinado y cultísimo califa la vestía de hombre y, en la intimidad, la llamaba Yafar. Podemos imaginarlo como un hombre de aspecto débil, de piel clara, y teñido el pelo de oscuro para no parecer tan rubio. Y, al contrario, tenemos que imaginarla a ella como una mujer grande, rotunda y bella. La jefa del harén por ser la madre del heredero.
Esa mujer mantenía una relación amorosa con el joven, guapo y seductor Almanzor. Sólo por sus amores con la esposa del califa y madre del heredero puede explicarse que un joven de Algeciras o de Torrox (sobre esto aún hay disputas), que no es ni cortesano ni Omeya, que llega a Córdoba con veinticuatro años o menos para estudiar y trabajar en la notaría de su tío Zacarías se convirtiera a los treinta y siete en el hombre más poderoso de Al-Ándalus y, por lo tanto, de esta parte del mundo. ¿Podría Almanzor ser el padre de Hixam II? Faltan dos años para que cuadren las cuentas. Es decir, el niño debía de tener dos años cuando Almanzor llega a Córdoba, pero lo que sí es nítido es que, desde su misma concepción, Hixam es el instrumento de poder más importante de Subh y de Almanzor.
Pero vayamos por pasos: estamos todavía en 977: Galib y Almushafí se llevan mal. Galib y Almanzor se llevan bien: ese mismo año han hecho una segunda guerra contra los cristianos y la han ganado juntos. Al retorno de los vencedores, alguien promulgó un decreto califal que elevaba los poderes de Galib y de Amir. Además Subh, la gran señora, subió el salario de Almanzor hasta los 80 dinares: lo mismo que ganaba el hayib. Almushafí se preocupó y decidió recuperar poder a través de un matrimonio con la hija de Galib. Cuando ya están firmadas las capitulaciones, Almanzor se interpuso y convenció a Galib de que se convirtiera en su suegro. La boda entre Abí Amir y Asma se celebró por todo lo alto. Almushafí fue destituido en 978 y Almanzor se quedó con todos sus títulos, sobre todo con el de hayib que es el que ostentaría hasta que pudo cedérselo a su hijo Abdelmalic. El único título que Almanzor no tuvo (ni quiso, aunque sobre esto hay disputas) fue el de Califa. Pero esa renuncia a un título formal no implicaba ninguna renuncia al poder material. El destino estaba condenando a Hixam II a ser lo que siempre fue: un califa en una hornacina.
Almanzor, canciller de Al Ándalus
Autor: José Luis Serrano - Fuente: El Secreto del Olivo
Sus huellas en la tierra
te mostrarán su historia.
Cuando las encuentres,
creerás que lo estás viendo
con tus propios ojos”.
Un califa en una hornacina (septiembre de 976/safar de 366)
En el mes de las bodas, un meteoro incandescente apareció en el cielo de la parte oriental de Al Ándalus. Las mujeres y los niños se refugiaron en las mezquitas, los agricultores se reunieron en los zaguanes y las calles de Córdoba se quedaron desiertas en el calor del mediodía. El ejército recibió la orden de salir de los cuarteles. Después de la siesta, se oyó el reverberar de las plegarias y unos cánticos lastimosos que anunciaban la muerte por angina de pecho del califa Alhakam II.
De alguna forma lo fue durante toda su larga vida pero, por entonces, el heredero era tan sólo un niño de once años llamado Hixam. La teología política del Islam no acababa de aceptar que un niño pudiera ser califa. Por eso, en las exequias de Alhakam II, cuando el féretro ya estaba preparado para la plegaria, tronó una voz de desafío. Era el cadí Salim:
–¿Quién rezará por el Califa? –preguntó.
–¡Quién ha de hacerlo? –respondió el primer visir–. Pronunciará la plegaria su hijo y heredero, el Califa Hixam II.
Con determinación entrenada, un impúber rubio y orondo se acercó al féretro para iniciar los rezos. Entonces la voz recia del cadí se lo impidió:
–¡Una oración como ésta no servirá de nada al Califa!
El anciano desplazó al muchacho, se colocó junto al féretro y comenzó las exhortaciones. Nadie se atrevió a interrumpir el cántico monocorde de aleyas y augurios indescifrables que el cadí demoró todo lo que pudo. Después del entierro, aquel viejo jurista quiso explicar a los notables que de no haber dirigido la plegaria como lo hizo, habrían enterrado sin exequias al Califa Alhakam II. Con la edad en que ya no se teme a las palabras, añadió que esto no habría sido un castigo desmedido para alguien que dejaba al frente de la nación a un jovenzuelo imberbe.
En realidad, al hablar así y al dirigir él la plegaria, el cadí no pretendía restar legitimidad a la proclamación de heredero. Con recursos de viejo, quería ejercer la violencia justa para aplazar una guerra fratricida. No lo consiguió. Dos cortesanos eslavos llamados Nizamí y Yawdhar protagonizaron una intentona para poner en el trono a un hermano del difunto Alhakam, de nombre Almugira. La reacción legitimista partió no sólo de Almushafí, el primer visir, sino también de un alto funcionario llamado entonces Abí Amir, pero que pronto pasaría a la historia como Mansur o Almanzor.
Cuentan las crónicas que apenas supo de la conjura, el que después sería Almanzor y que era ya, entre otras cosas, jefe de la policía urbana de Córdoba, rodeó con un comando la casa de al-Mugira. Cuentan también que, muy asustado, este príncipe omeya se apresuró a jurar fidelidad a su sobrino. Almanzor se apiadó, pero el primer visir le reiteró la orden de ejecutarlo. Delante de toda su familia, Almugira fue colgado de una viga en el salón de su casa. Con frialdad y de manera rutinaria, Almanzor mandó levantar el cadáver y enterrarlo allí mismo. El caso fue calificado como suicidio y archivado.
La entronización del niño fue espectacular. Podemos imaginarla porque el coronado no sólo recibía la adhesión territorial de las coras (curias o provincias) de todo El Ándalus, sino también el vasallaje de cada uno de los jeques y el poder religioso que le entregaban los representantes de la comunidad de los musulmanes. En seguida, Almushafí se hizo nombrar hayib. Amir se convirtió en visir, (algo así como consejero o ministro). Y con Galib, el general en jefe de las tropas de la frontera con residencia en Medinaceli, se confirmó el triunvirato. Los paralelismos entre la historia de la antigua Roma y la de Córdoba son numerosos.
La primera medida del triunvirato fue abolir el impuesto que gravaba el aceite de oliva, el tributo más detestado por los andalusíes. Comenzaba a vislumbrarse de este modo el populismo que caracterizaría al nuevo gobierno cordobés. Además, apenas se acercaba la primavera del 977, el que pronto se haría llamar Almanzor salió de Córdoba al frente de un ejército, se adentró por las comarcas del norte del Duero, derrotó a las partidas de montañeses de León y volvió aclamado por el pueblo. Había ganado la primera de las más de cincuenta guerras que a lo largo de su vida haría contra los reinos del norte.
Por detrás (o por encima, según se mire) de los tres miembros del triunvirato estaba la madre del Califa. Se llamaba Subh y era eslava, en concreto, navarra. Había sido durante muchos años la primera esposa de Alhakam. Se cuenta que el refinado y cultísimo califa la vestía de hombre y, en la intimidad, la llamaba Yafar. Podemos imaginarlo como un hombre de aspecto débil, de piel clara, y teñido el pelo de oscuro para no parecer tan rubio. Y, al contrario, tenemos que imaginarla a ella como una mujer grande, rotunda y bella. La jefa del harén por ser la madre del heredero.
Esa mujer mantenía una relación amorosa con el joven, guapo y seductor Almanzor. Sólo por sus amores con la esposa del califa y madre del heredero puede explicarse que un joven de Algeciras o de Torrox (sobre esto aún hay disputas), que no es ni cortesano ni Omeya, que llega a Córdoba con veinticuatro años o menos para estudiar y trabajar en la notaría de su tío Zacarías se convirtiera a los treinta y siete en el hombre más poderoso de Al-Ándalus y, por lo tanto, de esta parte del mundo. ¿Podría Almanzor ser el padre de Hixam II? Faltan dos años para que cuadren las cuentas. Es decir, el niño debía de tener dos años cuando Almanzor llega a Córdoba, pero lo que sí es nítido es que, desde su misma concepción, Hixam es el instrumento de poder más importante de Subh y de Almanzor.Pero vayamos por pasos: estamos todavía en 977: Galib y Almushafí se llevan mal. Galib y Almanzor se llevan bien: ese mismo año han hecho una segunda guerra contra los cristianos y la han ganado juntos. Al retorno de los vencedores, alguien promulgó un decreto califal que elevaba los poderes de Galib y de Amir. Además Subh, la gran señora, subió el salario de Almanzor hasta los 80 dinares: lo mismo que ganaba el hayib. Almushafí se preocupó y decidió recuperar poder a través de un matrimonio con la hija de Galib. Cuando ya están firmadas las capitulaciones, Almanzor se interpuso y convenció a Galib de que se convirtiera en su suegro. La boda entre Abí Amir y Asma se celebró por todo lo alto. Almushafí fue destituido en 978 y Almanzor se quedó con todos sus títulos, sobre todo con el de hayib que es el que ostentaría hasta que pudo cedérselo a su hijo Abdelmalic. El único título que Almanzor no tuvo (ni quiso, aunque sobre esto hay disputas) fue el de Califa. Pero esa renuncia a un título formal no implicaba ninguna renuncia al poder material. El destino estaba condenando a Hixam II a ser lo que siempre fue: un califa en una hornacina.
Almanzor, canciller de Al Ándalus
Autor: José Luis Serrano - Fuente: El Secreto del Olivo
martes, 3 de septiembre de 2013
Almanzor al borde del poder absoluto.
Con el niño Hisham II como califa, al-Mushafí e Ibn Abi´Amir, se podría decir que se repartieron el poder. Los dos se necesitan y, en un principio, las cosas marcharon bien. Cuidaron de que el pueblo conociese a su nuevo soberano y lo pasearon en un caballo, lujosamente enjaezado, vestido de seda. Ese mismo día, el 8 de octubre de 976, se abolió el impuesto sobre el aceite, uno de los más odiados por el pueblo. El primer ministro se convertía en hachib, mientras que Ibn Abi´Amir recibía el título de visir y adjunto al primer ministro.
Lo primero que hicieron fue controlar a los eslavos de palacio que habían llegado a ocupar puestos muy importantes y a tener una notable influencia. Con una hábil política de persuasión y de promesas, consiguió Ibn Abi´Amir que muchos de ellos pasasen a su servicio, lo mismo que hizo con los beréberes, hasta lograr reunir a su alrededor una guardia fiel, a la que pagaba y alojaba. Pero, como siempre, deseaba todavía más.
Era el segundo magistrado del Estado, pero ahora quería tener atribuciones militares. Quien controla el ejército, es el que tiene la fuerza, y además le convenía, para llegar a sus altos propósitos y obtener alguna sonada victoria sobre los cristianos. Nunca había mandado tropas, pero esto no era un problema para la voluntad férrea de nuestro hombre. En la primera ocasión que se presentase, llevaría la guerra santa a territorios enemigos.
El ascenso al trono de Hisham II no había pasado desapercibido para los reinos cristianos y comenzaron a revolverse pensando que habían llegado tiempos mejores para ellos. Poco después de fallecer al-Hakam, varios señores gallegos comenzaron a hostigar los dominios musulmanes y, los más atrevidos, hasta realizaron incursiones hacia Sierra Morena. Estas noticias mantenían a Córdoba en un estado de inquietud del que participaba la princesa madre, Subh, temerosa de que su hijo perdiese el trono. Pero para tranquilizarla estaba Ibn Abi´Amir que, siempre que le proporcionasen medios, estaba dispuesto a restablecer el prestigio del califato andalusí. Al-Mushafí no estaba muy conforme en emprender acciones de guerra. Era de natural pacífico y prudente, pero se celebró un consejo y se decidió hacer una campaña y a sus fuerzas, repartiendo, por adelantado, gratificaciones y sueldos que pusieron en buena disposición a todos los soldados. En 977, a finales de febrero emprendieron la marcha y en 53 días de campaña no es que lograsen grandes cosas, a excepción hecha de asolar el arrabal del actual pueblo de Baños, pero regresaron con un buen botín y prisioneros, lo que aumentó su prestigio y su fama en Córdoba. Además, había conseguido la amistad y la simpatía de los oficiales lo que allanaba, aún más si cabe, sus pasos hacia la jefatura del Estado. Ahora le sobraba al-Mushafí y no dudó en sacrificarle aunque a él le debía gran parte de su fortuna actual.
Al-Mushafí era beréber, de origen humilde, y toda su carrera era fruto de la intimidad de la que disfrutó con al-Hakam. Muerto el califa se encontraba sin apoyos en la corte, en la que muchos le detestaban por diferentes motivos, y entre éstos se encontraba el general Galib. No veía con buenos ojos que este hombre, sin blasones de nobleza y sin hechos de armas de los que presumir, a la muerte de su protector se hubiese convertido casi en el primer personaje del reino, pues el pobre Hisham contaba poco o nada. Al-Mushafí se dio cuenta del peligro que corría y quiso congraciarse con el orgulloso Galib, pero le ganó por la mano el ambicioso Ibn Abi´Amir que suscitó en el palacio un movimiento favorable al general que tantas victorias había proporcionado al Islam, y por un decreto califal, fue nombrado doble visir, prometiéndole que, para las aceifas siguientes, contaría con la ayuda de las tropas de la capital cordobesa al mando de Ibn Abi´Amir.
Así sucedió y Almanzor tuvo buen cuidado de dejar la iniciativa a Galib cuando salieron a tomar el castillo de Mola. Fue todo un éxito y tanto el visir como el general, alabaron el buen hacer el uno del otro.
De regreso, Ibn Abi´Amir se otorgó otro título y otro cargo, el de prefecto de la ciudad, que ya estaba ocupado por un hijo de al-Mushafí. Con su energía habitual, restableció el orden público en Córdoba aquejada de muchos robos y de una creciente inseguridad, lo que le hizo más popular. Al-Mushafí se daba cuenta de que el cerco se estrechaba a su alrededor y pensó en Galib como su única posibilidad. Le envió mensajes llenos de alabanzas y adulaciones, que a todos gustan, y pidió para uno de sus hijos la mano de su hija Asma. La idea era buena para ponerse a salvo de las insidias de la que estaba siendo objeto, pero, una vez más se adelantó su rival, que solicitó a la doncella para él mismo. Al comienzo de 978 se celebró la boda entre Almanzor y Asma, en medio de grandes fastos y con la aquiescencia de Subh. Asma fue siempre la esposa más honrada y mimada de todas las mujeres de Ibn Abi´Amir.
Entre tanto, seguían las campañas victoriosas de Galib y Almanzor, y se tramaba la caída del antiguo primer ministro, que se produjo el 29 de marzo de 978. Él, sus hijos y su sobrino, fueron detenidos, sus bienes confiscados y ellos mismos condenados a pagar grandes multas. Todos los títulos del caído al-Mushafí, ¡ cómo no !, pasaron a Ibn Abi´Amir. Se inició un largo proceso, que duró 5 años, durante el cual se esperaba que la muerte viniera a buscar a al-Mushafí y no tener que eliminarlo por las bravas, pero como el hombre no se moría, al final lo envenenaron o estrangularon en la cárcel, en el 983.
En el año 979 frustró una tentativa de destronar a Hisham II, por parte de una serie de conjurados que querían colocar en el trono a otro nieto de Abd al-Rahman III, Abd al-Rahman ben Ubayd Allah. Todos los participantes e instigadores fueron apresados, condenados a muerte y ejecutados. Entre ellos había uno, practicante de la doctrina mu´tazil, con el que Almanzor se ensañó de manera especial para congraciarse con los alfaquíes malikíes. Ya se sabe que era importantísimo tener su favor y, a partir de este momento, dará grandes muestras de fervor religioso, copiando, de su puño y letra, un Corán que llevará siempre a las batallas, expurgará de la magnífica biblioteca de al-Hakam aquellos libros considerados impíos , quemándolos o arrojándolos a los pozos del Alcázar.
AL-ANDALUS...libro de Concha Masiá.
Lo primero que hicieron fue controlar a los eslavos de palacio que habían llegado a ocupar puestos muy importantes y a tener una notable influencia. Con una hábil política de persuasión y de promesas, consiguió Ibn Abi´Amir que muchos de ellos pasasen a su servicio, lo mismo que hizo con los beréberes, hasta lograr reunir a su alrededor una guardia fiel, a la que pagaba y alojaba. Pero, como siempre, deseaba todavía más.
Era el segundo magistrado del Estado, pero ahora quería tener atribuciones militares. Quien controla el ejército, es el que tiene la fuerza, y además le convenía, para llegar a sus altos propósitos y obtener alguna sonada victoria sobre los cristianos. Nunca había mandado tropas, pero esto no era un problema para la voluntad férrea de nuestro hombre. En la primera ocasión que se presentase, llevaría la guerra santa a territorios enemigos.
El ascenso al trono de Hisham II no había pasado desapercibido para los reinos cristianos y comenzaron a revolverse pensando que habían llegado tiempos mejores para ellos. Poco después de fallecer al-Hakam, varios señores gallegos comenzaron a hostigar los dominios musulmanes y, los más atrevidos, hasta realizaron incursiones hacia Sierra Morena. Estas noticias mantenían a Córdoba en un estado de inquietud del que participaba la princesa madre, Subh, temerosa de que su hijo perdiese el trono. Pero para tranquilizarla estaba Ibn Abi´Amir que, siempre que le proporcionasen medios, estaba dispuesto a restablecer el prestigio del califato andalusí. Al-Mushafí no estaba muy conforme en emprender acciones de guerra. Era de natural pacífico y prudente, pero se celebró un consejo y se decidió hacer una campaña y a sus fuerzas, repartiendo, por adelantado, gratificaciones y sueldos que pusieron en buena disposición a todos los soldados. En 977, a finales de febrero emprendieron la marcha y en 53 días de campaña no es que lograsen grandes cosas, a excepción hecha de asolar el arrabal del actual pueblo de Baños, pero regresaron con un buen botín y prisioneros, lo que aumentó su prestigio y su fama en Córdoba. Además, había conseguido la amistad y la simpatía de los oficiales lo que allanaba, aún más si cabe, sus pasos hacia la jefatura del Estado. Ahora le sobraba al-Mushafí y no dudó en sacrificarle aunque a él le debía gran parte de su fortuna actual.
Al-Mushafí era beréber, de origen humilde, y toda su carrera era fruto de la intimidad de la que disfrutó con al-Hakam. Muerto el califa se encontraba sin apoyos en la corte, en la que muchos le detestaban por diferentes motivos, y entre éstos se encontraba el general Galib. No veía con buenos ojos que este hombre, sin blasones de nobleza y sin hechos de armas de los que presumir, a la muerte de su protector se hubiese convertido casi en el primer personaje del reino, pues el pobre Hisham contaba poco o nada. Al-Mushafí se dio cuenta del peligro que corría y quiso congraciarse con el orgulloso Galib, pero le ganó por la mano el ambicioso Ibn Abi´Amir que suscitó en el palacio un movimiento favorable al general que tantas victorias había proporcionado al Islam, y por un decreto califal, fue nombrado doble visir, prometiéndole que, para las aceifas siguientes, contaría con la ayuda de las tropas de la capital cordobesa al mando de Ibn Abi´Amir.
Así sucedió y Almanzor tuvo buen cuidado de dejar la iniciativa a Galib cuando salieron a tomar el castillo de Mola. Fue todo un éxito y tanto el visir como el general, alabaron el buen hacer el uno del otro.
De regreso, Ibn Abi´Amir se otorgó otro título y otro cargo, el de prefecto de la ciudad, que ya estaba ocupado por un hijo de al-Mushafí. Con su energía habitual, restableció el orden público en Córdoba aquejada de muchos robos y de una creciente inseguridad, lo que le hizo más popular. Al-Mushafí se daba cuenta de que el cerco se estrechaba a su alrededor y pensó en Galib como su única posibilidad. Le envió mensajes llenos de alabanzas y adulaciones, que a todos gustan, y pidió para uno de sus hijos la mano de su hija Asma. La idea era buena para ponerse a salvo de las insidias de la que estaba siendo objeto, pero, una vez más se adelantó su rival, que solicitó a la doncella para él mismo. Al comienzo de 978 se celebró la boda entre Almanzor y Asma, en medio de grandes fastos y con la aquiescencia de Subh. Asma fue siempre la esposa más honrada y mimada de todas las mujeres de Ibn Abi´Amir.
Entre tanto, seguían las campañas victoriosas de Galib y Almanzor, y se tramaba la caída del antiguo primer ministro, que se produjo el 29 de marzo de 978. Él, sus hijos y su sobrino, fueron detenidos, sus bienes confiscados y ellos mismos condenados a pagar grandes multas. Todos los títulos del caído al-Mushafí, ¡ cómo no !, pasaron a Ibn Abi´Amir. Se inició un largo proceso, que duró 5 años, durante el cual se esperaba que la muerte viniera a buscar a al-Mushafí y no tener que eliminarlo por las bravas, pero como el hombre no se moría, al final lo envenenaron o estrangularon en la cárcel, en el 983.
En el año 979 frustró una tentativa de destronar a Hisham II, por parte de una serie de conjurados que querían colocar en el trono a otro nieto de Abd al-Rahman III, Abd al-Rahman ben Ubayd Allah. Todos los participantes e instigadores fueron apresados, condenados a muerte y ejecutados. Entre ellos había uno, practicante de la doctrina mu´tazil, con el que Almanzor se ensañó de manera especial para congraciarse con los alfaquíes malikíes. Ya se sabe que era importantísimo tener su favor y, a partir de este momento, dará grandes muestras de fervor religioso, copiando, de su puño y letra, un Corán que llevará siempre a las batallas, expurgará de la magnífica biblioteca de al-Hakam aquellos libros considerados impíos , quemándolos o arrojándolos a los pozos del Alcázar.
AL-ANDALUS...libro de Concha Masiá.
jueves, 29 de agosto de 2013
Poetas andaluces de al-Andalus
Abu Hayyan Al Garnati (1256-1344)
nació en Granada, aproximadamente el 19 de noviembre 1256.
Poeta e importante comentarista del Corán, experto en lecturas coránicas, excepcional gramático de la lengua árabe y otras lenguas orientales, lexicógrafo y biógrafo. Es autor de 68 obras sobre diversos temas.
Provenía de una familia originaria de Jaén, de aquí que se le llamara Al-Hayyan. Comenzó sus estudios en su ciudad natal –Granada-, trasladándose más tarde a Málaga y Almería, donde prosiguió sus conocimientos del Corán y de gramática.
Debido a algunas diferencias surgidas con alguno de sus profesores, abandonó su patria y se trasladó, en 1281, a Ceuta, pasando luego a Túnez, Alejandría y El Cairo; recorrió todo Egipto e hizo además su peregrinación a La Meca, aprovechando el viaje para relacionarse con más de 500 gramáticos árabes.
Cuando en 1298 murió su maestro Muhammad Ibn Al Nahas, se le confió su cátedra y continuó sus lecciones sobre gramática, así como su labor de lector del Corán en una de las mezquitas de El Cairo, recibiendo los favores del Emir a quien con frecuencia visitaba y con quien compartía animadas tertulias. Hombre de un temple y una firmeza de espíritu capaz de dominar sus pasiones, nunca la cólera alteró su vida privada y sus cargos públicos, y era admirado por su simpatía, y por lo agradable de su conversación, llena de ocurrencias y bromas. Cuenta la anécdota de la simpatía que se granjeaba por todos sitios por su marcado acento andaluz.
Pese a la posición acomodada que ocupaba, era austero en sus gastos, procurando reducirlos a lo estrictamente necesario. Aunque poseía sobrados recursos para comprar libros, prefería acudir a las bibliotecas públicas para su lectura. “El buen Allah, -decía-, te ha dado la inteligencia para que te sirvas de ella en las cosas de la vida: yo puedo pedir en las bibliotecas públicas tal o cual libro que deseo estudiar; mas si quisiera pedir dinero, a nadie encontraría dispuesto a dármelo.” .
Tuvo una hija, Nudhar –que significa oro puro-, que también fue poeta como su padre, distinguiéndose tanto que hizo exclamar a éste: “Deseo que su hermano Hayyân se le parezca”. A la muerte de ésta, consiguió Abû Hayyân permiso del príncipe de la ciudad para sepultarla en el interior de la población, elaborando una hermosa elegía en su honor que llevaría por nombre “Oro puro” para consuelo de Nudhar.
Fue conocido como el jefe de los gramáticos. Al Safadi le llamó “El Príncipe de los creyentes en gramática”, señalando que si hubiese sido contemporáneo de los eruditos de Basrah, los hubiese instruido y hubiese podido competir con cualquier gramático, o escuela de ellos. Como lingüista, su interés fu más allá del árabe y su gramática, llevando a cabo estudios e investigaciones en otras lenguas orientalizantes como el turco, persa y etíope; idiomas que habló correctamente y acerca de los cuales escribió su gramática.
Murió en El Cairo, el 10 de julio de 1344.
Al Qalfat(-915)
ABU ABD ALLAH AL QALFAT nació en Reino de Córdoba.
No se sabe con seguridad por qué se le aplicó el apodo de Al Qalfat; puede que algunos de sus antepasados ejercieran el oficio de calafate (carpintero de ribera), pero como mote es posible que la palabra tuviera un matiz despectivo. Pensamos en un calafate en plena faena, calentando la pez y manipulando la brea para cerrar las junturas de las maderas de las naves, no debe tener un aspecto externo precisamente limpio y sabemos por Al Zubaydi que solía ir suciamente vestido, y tenía la presencia innoble, con escaso sentido de la dignidad. Si a esto añadimos su desordenada conducta los juicios de los historiadores islámicos sobre su conducta son muy duros Ibn Hayyan le llama hombre malvado; de mala ralea, e Ibn Idari gran calumniador de personas honradas, que componía versos plagados de desvergüenza y puercas necedades.
A pesar de tener tan mala "prensa", mantuvo cordiales relaciones con hombres de gran honorabilidad que no hubieran existido de ser completamente ciertas las acusaciones que lo tachaban de hombre poco solidario.
Era un destacado gramático, con un conocimiento excepcional de la lengua árabe. Es por esta razón por la que Al Zubaydi lo incluyó en su obra sobre los gramáticos andalusíes, destacándolo como el único que podía equipararse al célebre Al Hakim, cima de los eruditos de su época. Con tales pertrechos de conocimientos gramaticales y del léxico, tenía que dominar la técnica poética, cultivando los géneros apologéticos y satíricos.
Pero no sólo cultivó el género satírico, sino que compuso poesía de tonos menos violentos y aun opuestos, como son los panegíricos. También dedicó atención al cultivo de la poesía floral y amorosa.
Al Qalfat murió en 915.
Abu Madyan (1126-1198)
ABU MADYAN SUAYB IBN AHMAD IBN YAFARIBN SU AYB IBN AL HUSAYN AL ANSARI, nació en Cantillana, provincia de Sevilla en 1126.
Nacido en una familia modesta en Al Andalus desde joven sintió el deseo del conocimiento, con lo que se inició en los estudios coránicos. Una vez terminada su educación en Al Andalus partió hacia el Magreb para continuar con sus estudios de mano de grandes Maestros. Permaneció en Bujía y en Fez, donde atendió y se formó con grandes eruditos de las ciencias Después de ser iniciado en el sufismo por el maestro iletrado Abu Yaza partió hacia Oriente. Allí conoció al gran maestro Abdul Qadir Al Yilani, al que consideró posteriormente como uno de sus grandes maestros.
Tras la peregrinación regresó al Magreb, estableciéndose en Bujía, donde habitaba una importante comunidad de emigrantes andalusíes. Allí fue donde impartió su maestrazgo donde acudían numerosos buscadores (salik) de diferentes partes del occidente islámico.
Falleció cerca del 1198 en Tremecén (Argelia) en respuesta al requerimiento del sultán de Marruecos para que acudiese a su corte. Su tumba, localizada a las afueras de esta ciudad argelina se mantiene hoy en día, siendo un lugar de visita piadosa.
Abu Madyan no dejó ninguna obra escrita, pero sus enseñanzas fueron recogidas por sus seguidores, especial su alumno Ibn Qunfud. Se conservan:
• Sus aforismos (hikam), de los que existen numerosos manuscritos. Han sido editados por V. Cornell en su The Way of Abu Madyan. Existe una edición en árabe y el Shaij Mustafa Al Alawi les ha dedicado un comentario.
• Su Pemario o Diwan . Ha sido editado en Damasco como recopilación de la tradición oral que existe de sus poemas.
nació en Granada, aproximadamente el 19 de noviembre 1256.
Poeta e importante comentarista del Corán, experto en lecturas coránicas, excepcional gramático de la lengua árabe y otras lenguas orientales, lexicógrafo y biógrafo. Es autor de 68 obras sobre diversos temas.
Provenía de una familia originaria de Jaén, de aquí que se le llamara Al-Hayyan. Comenzó sus estudios en su ciudad natal –Granada-, trasladándose más tarde a Málaga y Almería, donde prosiguió sus conocimientos del Corán y de gramática.
Debido a algunas diferencias surgidas con alguno de sus profesores, abandonó su patria y se trasladó, en 1281, a Ceuta, pasando luego a Túnez, Alejandría y El Cairo; recorrió todo Egipto e hizo además su peregrinación a La Meca, aprovechando el viaje para relacionarse con más de 500 gramáticos árabes.
Cuando en 1298 murió su maestro Muhammad Ibn Al Nahas, se le confió su cátedra y continuó sus lecciones sobre gramática, así como su labor de lector del Corán en una de las mezquitas de El Cairo, recibiendo los favores del Emir a quien con frecuencia visitaba y con quien compartía animadas tertulias. Hombre de un temple y una firmeza de espíritu capaz de dominar sus pasiones, nunca la cólera alteró su vida privada y sus cargos públicos, y era admirado por su simpatía, y por lo agradable de su conversación, llena de ocurrencias y bromas. Cuenta la anécdota de la simpatía que se granjeaba por todos sitios por su marcado acento andaluz.Pese a la posición acomodada que ocupaba, era austero en sus gastos, procurando reducirlos a lo estrictamente necesario. Aunque poseía sobrados recursos para comprar libros, prefería acudir a las bibliotecas públicas para su lectura. “El buen Allah, -decía-, te ha dado la inteligencia para que te sirvas de ella en las cosas de la vida: yo puedo pedir en las bibliotecas públicas tal o cual libro que deseo estudiar; mas si quisiera pedir dinero, a nadie encontraría dispuesto a dármelo.” .
Tuvo una hija, Nudhar –que significa oro puro-, que también fue poeta como su padre, distinguiéndose tanto que hizo exclamar a éste: “Deseo que su hermano Hayyân se le parezca”. A la muerte de ésta, consiguió Abû Hayyân permiso del príncipe de la ciudad para sepultarla en el interior de la población, elaborando una hermosa elegía en su honor que llevaría por nombre “Oro puro” para consuelo de Nudhar.
Fue conocido como el jefe de los gramáticos. Al Safadi le llamó “El Príncipe de los creyentes en gramática”, señalando que si hubiese sido contemporáneo de los eruditos de Basrah, los hubiese instruido y hubiese podido competir con cualquier gramático, o escuela de ellos. Como lingüista, su interés fu más allá del árabe y su gramática, llevando a cabo estudios e investigaciones en otras lenguas orientalizantes como el turco, persa y etíope; idiomas que habló correctamente y acerca de los cuales escribió su gramática.
Murió en El Cairo, el 10 de julio de 1344.
Al Qalfat(-915)
ABU ABD ALLAH AL QALFAT nació en Reino de Córdoba.
No se sabe con seguridad por qué se le aplicó el apodo de Al Qalfat; puede que algunos de sus antepasados ejercieran el oficio de calafate (carpintero de ribera), pero como mote es posible que la palabra tuviera un matiz despectivo. Pensamos en un calafate en plena faena, calentando la pez y manipulando la brea para cerrar las junturas de las maderas de las naves, no debe tener un aspecto externo precisamente limpio y sabemos por Al Zubaydi que solía ir suciamente vestido, y tenía la presencia innoble, con escaso sentido de la dignidad. Si a esto añadimos su desordenada conducta los juicios de los historiadores islámicos sobre su conducta son muy duros Ibn Hayyan le llama hombre malvado; de mala ralea, e Ibn Idari gran calumniador de personas honradas, que componía versos plagados de desvergüenza y puercas necedades.
Era un destacado gramático, con un conocimiento excepcional de la lengua árabe. Es por esta razón por la que Al Zubaydi lo incluyó en su obra sobre los gramáticos andalusíes, destacándolo como el único que podía equipararse al célebre Al Hakim, cima de los eruditos de su época. Con tales pertrechos de conocimientos gramaticales y del léxico, tenía que dominar la técnica poética, cultivando los géneros apologéticos y satíricos.
Pero no sólo cultivó el género satírico, sino que compuso poesía de tonos menos violentos y aun opuestos, como son los panegíricos. También dedicó atención al cultivo de la poesía floral y amorosa.
Al Qalfat murió en 915.
Abu Madyan (1126-1198)
ABU MADYAN SUAYB IBN AHMAD IBN YAFARIBN SU AYB IBN AL HUSAYN AL ANSARI, nació en Cantillana, provincia de Sevilla en 1126.
Nacido en una familia modesta en Al Andalus desde joven sintió el deseo del conocimiento, con lo que se inició en los estudios coránicos. Una vez terminada su educación en Al Andalus partió hacia el Magreb para continuar con sus estudios de mano de grandes Maestros. Permaneció en Bujía y en Fez, donde atendió y se formó con grandes eruditos de las ciencias Después de ser iniciado en el sufismo por el maestro iletrado Abu Yaza partió hacia Oriente. Allí conoció al gran maestro Abdul Qadir Al Yilani, al que consideró posteriormente como uno de sus grandes maestros.
Tras la peregrinación regresó al Magreb, estableciéndose en Bujía, donde habitaba una importante comunidad de emigrantes andalusíes. Allí fue donde impartió su maestrazgo donde acudían numerosos buscadores (salik) de diferentes partes del occidente islámico.
Falleció cerca del 1198 en Tremecén (Argelia) en respuesta al requerimiento del sultán de Marruecos para que acudiese a su corte. Su tumba, localizada a las afueras de esta ciudad argelina se mantiene hoy en día, siendo un lugar de visita piadosa.
Abu Madyan no dejó ninguna obra escrita, pero sus enseñanzas fueron recogidas por sus seguidores, especial su alumno Ibn Qunfud. Se conservan:
• Sus aforismos (hikam), de los que existen numerosos manuscritos. Han sido editados por V. Cornell en su The Way of Abu Madyan. Existe una edición en árabe y el Shaij Mustafa Al Alawi les ha dedicado un comentario.
• Su Pemario o Diwan . Ha sido editado en Damasco como recopilación de la tradición oral que existe de sus poemas.
martes, 27 de agosto de 2013
HISHAM II
Tercer califa omeya de al-Andalus (976-1009; 1010-1013), hijo y sucesor de al-Hakam II (961-976), que nació en el año 965 en Córdoba y murió el 18 de mayo de 1013, supuestamente asesinado por los partidarios de Sulayman, uno de los muchos pretendientes al trono cordobés. Su reinado fue nefasto a todos los niveles, pues dio comienzo al progresivo declive del Estado califal cordobés hasta su desintegración total en el año 1031.
El Consejo de Regencia: el encumbramiento de Abu Amir Muhammad
Hijo del anterior califa al-Hakam II, y de la favorita de origen navarro Subh, a los dos días de la muerte de su padre fue entronizado con el título honorífico o laqab de al-Muayyad bi-llah ('el que recibe la ayuda victoriosa de Alá'), cuando tan sólo contaba once años de edad. Los saqalibah (guardia eslava del palacio fiel a la dinastía omeya), intentaron colocar en el trono a un hermano del desaparecido califa, al-Mugirah, pero el poderoso chambelán, al-Mushafi, y el por aquel entonces jefe de las tropas mercenarias de Córdoba, Abu Amir Muhammad (futuro al-Mansur, Almanzor), evitaron tal propósito al dar muerte al pretendiente y al colocar en el trono al niño Hisham II con la total aquiescencia de los eruditos religiosos y del resto de personalidades del califato, lo que incluía a la reina madre Subh, decisión a todas luces nefasta para la propia institución califal cordobesa, que quedaría a partir de ese instante privada de todo poder.
Inmediatamente después, ambos personajes conformaron el Consejo de Regencia, confabulados con la reina madre quien, al parecer, era amante de Abu Amir Muhammad. El joven califa fue puesto bajo tutela directa de este último, que enseguida asumió todos los poderes del califato manteniendo a Hisham II solamente como una figura simbólica. Para ocultar tan descarada maniobra, Abu Amir Muhammad y al-Mushafi procedieron a presentar al nuevo califa ante el pueblo cordobés, mientras que el poder real era detentado por ambos personajes. Hisham II fue retirado de la escena pública y política, recluido magníficamente en el interior del palacio, donde pasaba todo el tiempo ocupado en jugar con los niños de su edad. Tan sólo era requerido para estampar su firma en los decretos que Abu Amir Muhammad le pasaba, entre ellos el de su propio nombramiento como visir y administrador del Estado, junto con Abu al-Hasan, y el nombramiento de hachib de al-Mushafi.
El "cautiverio" de Hisham II: al-Mansur califa de hecho
Con semejante pelele en el trono y con la reina madre de su parte, a Abu Amir Muhammad no le fue muy difícil hacerse con el control absoluto del califato. Pero para ello debía deshacerse antes de todo posible adversario, como así hizo, y ganarse el cariño y el respeto del pueblo. En cuanto a lo segundo, uno de los primeros decretos que mandó firmar al califa el nuevo visir fue la abolición de los gravosos impuestos sobre la aceituna, lo que llenó al pueblo de alegría y al mismo tiempo aumentó considerablemente su estima por el visir.
Para deshacerse de sus competidores, Abu Amir Muhammad se cuidó muy mucho de no introducir cambios radicales que le valiesen la animosidad de las generales figuras de la Corte. Mediante una serie de intrigas perfectamente urdidas, Abu Amir indispuso a los dos personajes más importantes del califato junto con él, al general Galib, que era el militar más prestigioso del califato desde los tiempos gloriosos del califa Abd al-Rahman III (912-961), y al chambelán al-Mushafi. Abi Amir, en un golpe de efecto, se casó con la hija del general Galib y ambos comenzaron a conspirar contra el chambelán hasta que en 977 se les acusó de traición e, inmediatamente, fueron encarcelados y ajusticiados, lo que dejaba libre el camino para que el ambicioso visir se quedara con los títulos del defenestrado y las prerrogativas de primer ministro.
A partir de ese momento, Abu Amir Muhammad comenzó a imprimir una férrea dictadura militar en todo al-Andalus. Decidió trasladar la Corte a un nuevo palacio mandado construir por él para tal efecto, el palacio de Medina al-Zahira, mientras que Hisham II permanecía en el interior del palacio ajeno a todo lo que pasaba a su alrededor, vigilado por las tropas mercenarias beréberes leales al amirí, dedicado a los placeres y deleites que el propio al-Mansur le proporcionaba, hasta el punto de que Hisham II se convirtió en un ser pusilánime, engreído, fácil de manejar y prisionero de sus deseos de diversión como nunca antes lo había estado ningún emir o califa de al-Andalus.
Abu Amir Muhammad se deshizo del último escollo o enemigo importante que le quedaba en la Corte, su suegro Galib, al que eliminó en 981 gracias a la colaboración del importante general beréber Chafar ibn Hamdun. Ese mismo año, Abu Amir Muhammad asumió el sobrenombre o laqab de al-Mansur ('el victorioso', el Almanzor de las crónicas cristianas), y ordenó que se mencionase su nombre en la plegaria del viernes, detrás del califa, así como que apareciese en la correspondencia califal, en las monedas y bordados reales, etc. Lo último que ordenó fue que todos los visires y cortesanos le besaran la mano al igual que hacían con el califa.
Los sucesores de al-Mansur
En el año 991, el todopoderoso al-Mansur designó a su hijo de dieciocho años, Abd al-Malik, chambelán del califato, lo que equivalía a nombrarle su sucesor al frente de los designios de al-Andalus. Con todos los resortes del poder bien atados, la reacción de la reina madre Subh por restaurar el poder de su hijo llegó demasiado tarde, ya que Hisham II se había convertido en un títere a merced de los amiríes.
Según lo previsto, cuando al-Mansur murió en Medinaceli en el año 1002, Abd al-Malik se hizo cargo de los asuntos del califato, ayudado por Hisham II, que por aquel entonces contaba ya con veintiséis años de edad. Hisham II ratificó a Abd al-Malik en su puesto de chambelán y siguió apartado de todo lo relativo a los asuntos políticos en su dorada cárcel palaciega, cada día más anulado por las pasiones materiales. Abd al-Malik se reveló como un gran estadista y militar, a la altura de su padre, como demostró al abortar una nueva intentona de los saqalibah para derribar al califa y poner en el trono a otro omeya más competente, tras lo cual prácticamente aniquiló a tan peligrosa facción y a la de los mozárabes y muladíes.
Muerto prematuramente Abd al-Malik en 1008, fue sucedido por su hermanastro Abd al-Rahman Sanchuelo quien actuó al contrario que su padre y hermanastro -aunque siempre respetó la persona y la dignidad del califa para no herir la susceptibilidad religiosa del pueblo andalusí-, y se comportó desde el principio con delirios de grandeza y de un modo excéntrico y torpe, lo cual le costó su vida y la de la propia dinastía amirí. Sanchuelo convenció a Hisham II para que éste le nombrase chambelán con el triple título de al-Mamum al-Nasir al Hachib al-a-la ('el leal, el victorioso y el supremo chambelán'). Pero, no contento con eso, fue más lejos al pretender el mismísimo califato, lo que obligó al indolente Hisham II a nombrarle su sucesor mediante un triple escrito firmado por el califa de su puño y letra.
Semejante quebrantamiento de la legitimidad y el hecho de que Hisham II se convirtiera en el más asiduo acompañante de Sanchuelo en todas las orgías y despilfarros que se llevaban a cabo en el palacio, produjo un creciente y profundo malestar en todo el territorio de al-Andalus, que aprovechó inmediatamente un miembro de la dinastía omeya, Muhammad al-Mahdi, quien se rebeló a comienzos de 1009 al mando de un gran ejército con el que ocupó el palacio califal de Córdoba y obligó a Hisham II a abdicar y eliminando al engreído e incompetente Sanchuelo.
El califato de Muhammad apenas duró un año escaso, ya que el 23 de junio de 1010, éste sucumbió ante los ataques del eslavo Wadih, que repuso nuevamente a Hisham II en el trono. Hisham II siguió desempeñando el papel que mejor sabía hacer, el de títere y comparsa; primero con Wadih y, una vez que éste fue eliminado, con Abu Wada, hasta que, en el año 1013, otro omeya en lucha por el trono, Sulayman al-Hustain, se apoderó de Córdoba tras un durísimo sitio que se prolongó durante tres años.
Con Sulayman en el trono cordobés, la figura de Hisham II desapareció por completo de la escena política de al-Andalus, hasta el punto de que ningún cronista de la época da cuenta de tal hecho, ni de cómo acabó sus días el tristemente famoso Hisham II. Una de las versiones explica que Hisham II acabó sus días en Oriente de un modo oscuro, aunque la más fiable es la que afirma que fue asesinado en una oscura prisión cordobesa por orden directa del propio Sulayman, harto de una califa tan nefasto como era Hisham II.
Sin lugar a dudas, el reinado de Hisham II fue el peor de todos los que se sucedieron en la historia de al-Andalus, pues con su pasividad y escasa capacidad política y moral contribuyó notablemente a la desintegración y defunción definitiva del otrora poderoso estado cordobés. Apenas quince años más tarde, la realidad política de al-Andalus daría un vuelco drástico con la desaparición del califato y la aparición de los llamados reyes de taifas (muluk al-tawwif).
Fuente: http://www.mcnbiografias.com/
El Consejo de Regencia: el encumbramiento de Abu Amir Muhammad
Hijo del anterior califa al-Hakam II, y de la favorita de origen navarro Subh, a los dos días de la muerte de su padre fue entronizado con el título honorífico o laqab de al-Muayyad bi-llah ('el que recibe la ayuda victoriosa de Alá'), cuando tan sólo contaba once años de edad. Los saqalibah (guardia eslava del palacio fiel a la dinastía omeya), intentaron colocar en el trono a un hermano del desaparecido califa, al-Mugirah, pero el poderoso chambelán, al-Mushafi, y el por aquel entonces jefe de las tropas mercenarias de Córdoba, Abu Amir Muhammad (futuro al-Mansur, Almanzor), evitaron tal propósito al dar muerte al pretendiente y al colocar en el trono al niño Hisham II con la total aquiescencia de los eruditos religiosos y del resto de personalidades del califato, lo que incluía a la reina madre Subh, decisión a todas luces nefasta para la propia institución califal cordobesa, que quedaría a partir de ese instante privada de todo poder.
Inmediatamente después, ambos personajes conformaron el Consejo de Regencia, confabulados con la reina madre quien, al parecer, era amante de Abu Amir Muhammad. El joven califa fue puesto bajo tutela directa de este último, que enseguida asumió todos los poderes del califato manteniendo a Hisham II solamente como una figura simbólica. Para ocultar tan descarada maniobra, Abu Amir Muhammad y al-Mushafi procedieron a presentar al nuevo califa ante el pueblo cordobés, mientras que el poder real era detentado por ambos personajes. Hisham II fue retirado de la escena pública y política, recluido magníficamente en el interior del palacio, donde pasaba todo el tiempo ocupado en jugar con los niños de su edad. Tan sólo era requerido para estampar su firma en los decretos que Abu Amir Muhammad le pasaba, entre ellos el de su propio nombramiento como visir y administrador del Estado, junto con Abu al-Hasan, y el nombramiento de hachib de al-Mushafi.
El "cautiverio" de Hisham II: al-Mansur califa de hecho
Con semejante pelele en el trono y con la reina madre de su parte, a Abu Amir Muhammad no le fue muy difícil hacerse con el control absoluto del califato. Pero para ello debía deshacerse antes de todo posible adversario, como así hizo, y ganarse el cariño y el respeto del pueblo. En cuanto a lo segundo, uno de los primeros decretos que mandó firmar al califa el nuevo visir fue la abolición de los gravosos impuestos sobre la aceituna, lo que llenó al pueblo de alegría y al mismo tiempo aumentó considerablemente su estima por el visir.
Para deshacerse de sus competidores, Abu Amir Muhammad se cuidó muy mucho de no introducir cambios radicales que le valiesen la animosidad de las generales figuras de la Corte. Mediante una serie de intrigas perfectamente urdidas, Abu Amir indispuso a los dos personajes más importantes del califato junto con él, al general Galib, que era el militar más prestigioso del califato desde los tiempos gloriosos del califa Abd al-Rahman III (912-961), y al chambelán al-Mushafi. Abi Amir, en un golpe de efecto, se casó con la hija del general Galib y ambos comenzaron a conspirar contra el chambelán hasta que en 977 se les acusó de traición e, inmediatamente, fueron encarcelados y ajusticiados, lo que dejaba libre el camino para que el ambicioso visir se quedara con los títulos del defenestrado y las prerrogativas de primer ministro.
A partir de ese momento, Abu Amir Muhammad comenzó a imprimir una férrea dictadura militar en todo al-Andalus. Decidió trasladar la Corte a un nuevo palacio mandado construir por él para tal efecto, el palacio de Medina al-Zahira, mientras que Hisham II permanecía en el interior del palacio ajeno a todo lo que pasaba a su alrededor, vigilado por las tropas mercenarias beréberes leales al amirí, dedicado a los placeres y deleites que el propio al-Mansur le proporcionaba, hasta el punto de que Hisham II se convirtió en un ser pusilánime, engreído, fácil de manejar y prisionero de sus deseos de diversión como nunca antes lo había estado ningún emir o califa de al-Andalus.
Abu Amir Muhammad se deshizo del último escollo o enemigo importante que le quedaba en la Corte, su suegro Galib, al que eliminó en 981 gracias a la colaboración del importante general beréber Chafar ibn Hamdun. Ese mismo año, Abu Amir Muhammad asumió el sobrenombre o laqab de al-Mansur ('el victorioso', el Almanzor de las crónicas cristianas), y ordenó que se mencionase su nombre en la plegaria del viernes, detrás del califa, así como que apareciese en la correspondencia califal, en las monedas y bordados reales, etc. Lo último que ordenó fue que todos los visires y cortesanos le besaran la mano al igual que hacían con el califa.
Los sucesores de al-Mansur
En el año 991, el todopoderoso al-Mansur designó a su hijo de dieciocho años, Abd al-Malik, chambelán del califato, lo que equivalía a nombrarle su sucesor al frente de los designios de al-Andalus. Con todos los resortes del poder bien atados, la reacción de la reina madre Subh por restaurar el poder de su hijo llegó demasiado tarde, ya que Hisham II se había convertido en un títere a merced de los amiríes.
Según lo previsto, cuando al-Mansur murió en Medinaceli en el año 1002, Abd al-Malik se hizo cargo de los asuntos del califato, ayudado por Hisham II, que por aquel entonces contaba ya con veintiséis años de edad. Hisham II ratificó a Abd al-Malik en su puesto de chambelán y siguió apartado de todo lo relativo a los asuntos políticos en su dorada cárcel palaciega, cada día más anulado por las pasiones materiales. Abd al-Malik se reveló como un gran estadista y militar, a la altura de su padre, como demostró al abortar una nueva intentona de los saqalibah para derribar al califa y poner en el trono a otro omeya más competente, tras lo cual prácticamente aniquiló a tan peligrosa facción y a la de los mozárabes y muladíes.
Muerto prematuramente Abd al-Malik en 1008, fue sucedido por su hermanastro Abd al-Rahman Sanchuelo quien actuó al contrario que su padre y hermanastro -aunque siempre respetó la persona y la dignidad del califa para no herir la susceptibilidad religiosa del pueblo andalusí-, y se comportó desde el principio con delirios de grandeza y de un modo excéntrico y torpe, lo cual le costó su vida y la de la propia dinastía amirí. Sanchuelo convenció a Hisham II para que éste le nombrase chambelán con el triple título de al-Mamum al-Nasir al Hachib al-a-la ('el leal, el victorioso y el supremo chambelán'). Pero, no contento con eso, fue más lejos al pretender el mismísimo califato, lo que obligó al indolente Hisham II a nombrarle su sucesor mediante un triple escrito firmado por el califa de su puño y letra.
Semejante quebrantamiento de la legitimidad y el hecho de que Hisham II se convirtiera en el más asiduo acompañante de Sanchuelo en todas las orgías y despilfarros que se llevaban a cabo en el palacio, produjo un creciente y profundo malestar en todo el territorio de al-Andalus, que aprovechó inmediatamente un miembro de la dinastía omeya, Muhammad al-Mahdi, quien se rebeló a comienzos de 1009 al mando de un gran ejército con el que ocupó el palacio califal de Córdoba y obligó a Hisham II a abdicar y eliminando al engreído e incompetente Sanchuelo.
El califato de Muhammad apenas duró un año escaso, ya que el 23 de junio de 1010, éste sucumbió ante los ataques del eslavo Wadih, que repuso nuevamente a Hisham II en el trono. Hisham II siguió desempeñando el papel que mejor sabía hacer, el de títere y comparsa; primero con Wadih y, una vez que éste fue eliminado, con Abu Wada, hasta que, en el año 1013, otro omeya en lucha por el trono, Sulayman al-Hustain, se apoderó de Córdoba tras un durísimo sitio que se prolongó durante tres años.
Con Sulayman en el trono cordobés, la figura de Hisham II desapareció por completo de la escena política de al-Andalus, hasta el punto de que ningún cronista de la época da cuenta de tal hecho, ni de cómo acabó sus días el tristemente famoso Hisham II. Una de las versiones explica que Hisham II acabó sus días en Oriente de un modo oscuro, aunque la más fiable es la que afirma que fue asesinado en una oscura prisión cordobesa por orden directa del propio Sulayman, harto de una califa tan nefasto como era Hisham II.
Sin lugar a dudas, el reinado de Hisham II fue el peor de todos los que se sucedieron en la historia de al-Andalus, pues con su pasividad y escasa capacidad política y moral contribuyó notablemente a la desintegración y defunción definitiva del otrora poderoso estado cordobés. Apenas quince años más tarde, la realidad política de al-Andalus daría un vuelco drástico con la desaparición del califato y la aparición de los llamados reyes de taifas (muluk al-tawwif).
Fuente: http://www.mcnbiografias.com/
miércoles, 31 de julio de 2013
Romance Los infantes de Lara: Romances V y VI.
QUINTO ROMANCE
Triste yo que vivo en Burgos
ciego de llorar desdichas
sin saber cuándo el Sol sale,
ni si la noche es venida,
si no es que con gran rigor
doña Lambra mi enemiga
cada día que amanece
hace que mi mal reviva:
pues porque mis hijos llore
y los cuente cada día,
sus hombres a mis ventanas
las siete piedras me tiran.
Sabed además que la mora hermana de Almanzor, al hijo aquel que tuvo de don Gonzalo, lo llamó Mudarra González, y cuando fue de edad, enviólo a Castilla para que buscase al traidor y en él vengase padre y hermanos.
Y ESTE ÚLTIMO ROMANCE
cuenta cómo el caballero novel Mudarra mató
a Ruy Velazquez el enemigo hermano
de doña Sancha
A caza va don Rodrigo,
ese que dicen de Lara;
perdido había el azor,
no hallaba ninguna caza;
con la gran siesta que hace
arrimado se ha a una haya,
maldiciendo a Mudarrillo,
hijo de la renegada,
que si a las manos hubiese
que le sacaría el alma.
El señor estando en esto,
Mudarrillo que asomaba:
—Dios te salve, buen señor,
debajo la verde haya.
—Así haga a ti, caballero;
buena sea tu llegada.
—Dígasme, señor, tu nombre,
decirte he yo la mi gracia.
—A mí me llaman don Rodrigo,
y aún don Rodrigo de Lara,
cuñado de don Gonzalo,
hermano de doña Sancha
por sobrinos me los hube
los siete infantes de Lara.
Maldigo aquí a Mudarrillo,
hijo de la renegada,
si delante lo tuviese,
yo le sacaría el alma.
—Si a ti dicen don Rodrigo,
y aun don Rodrigo de Lara,
a mí Mudarra González,
hijo de la renegada,
de Gonzalo Gustios hijo
y alnado de doña Sancha;
por hermanos me los hube
los siete infantes de Lara;
tú los vendiste, traidor,
en el val del Arabiana.
Mas si Dios ahora me ayuda,
aquí dejarás el alma.
—Espéresme, don Mudarra,
iré a tomar las mis armas.
—El espera que tú diste
a los infantes de Lara;
aquí morirás, traidor,
enemigo de doña Sancha.
Allí donde cayó sin vida el cuerpo de Ruy Velázquez, los castellanos lo apedrearon, y yacían sobre él más de diez carradas de piedras. Y aun hoy día, cuantos por aquella gran pedrera pasan, en lugar de rezar Pater noster, lanzan al montón una piedra más, diciendo: "¡Mal siglo haya el alma del traidor! ¡Amén!"
Triste yo que vivo en Burgos
ciego de llorar desdichas
sin saber cuándo el Sol sale,
ni si la noche es venida,
si no es que con gran rigor
doña Lambra mi enemiga
cada día que amanece
hace que mi mal reviva:
pues porque mis hijos llore
y los cuente cada día,
sus hombres a mis ventanas
las siete piedras me tiran.
Sabed además que la mora hermana de Almanzor, al hijo aquel que tuvo de don Gonzalo, lo llamó Mudarra González, y cuando fue de edad, enviólo a Castilla para que buscase al traidor y en él vengase padre y hermanos.
Y ESTE ÚLTIMO ROMANCE
cuenta cómo el caballero novel Mudarra mató
a Ruy Velazquez el enemigo hermano
de doña Sancha
A caza va don Rodrigo,
ese que dicen de Lara;
perdido había el azor,
no hallaba ninguna caza;
con la gran siesta que hace
arrimado se ha a una haya,
maldiciendo a Mudarrillo,
hijo de la renegada,
que si a las manos hubiese
que le sacaría el alma.
El señor estando en esto,
Mudarrillo que asomaba:
—Dios te salve, buen señor,
debajo la verde haya.
—Así haga a ti, caballero;
buena sea tu llegada.
—Dígasme, señor, tu nombre,
decirte he yo la mi gracia.
—A mí me llaman don Rodrigo,
y aún don Rodrigo de Lara,
cuñado de don Gonzalo,
hermano de doña Sancha
por sobrinos me los hube
los siete infantes de Lara.
Maldigo aquí a Mudarrillo,
hijo de la renegada,
si delante lo tuviese,
yo le sacaría el alma.
—Si a ti dicen don Rodrigo,
y aun don Rodrigo de Lara,
a mí Mudarra González,
hijo de la renegada,
de Gonzalo Gustios hijo
y alnado de doña Sancha;
por hermanos me los hube
los siete infantes de Lara;
tú los vendiste, traidor,
en el val del Arabiana.
Mas si Dios ahora me ayuda,
aquí dejarás el alma.
—Espéresme, don Mudarra,
iré a tomar las mis armas.
—El espera que tú diste
a los infantes de Lara;
aquí morirás, traidor,
enemigo de doña Sancha.
Allí donde cayó sin vida el cuerpo de Ruy Velázquez, los castellanos lo apedrearon, y yacían sobre él más de diez carradas de piedras. Y aun hoy día, cuantos por aquella gran pedrera pasan, en lugar de rezar Pater noster, lanzan al montón una piedra más, diciendo: "¡Mal siglo haya el alma del traidor! ¡Amén!"
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