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lunes, 12 de noviembre de 2012

Banu Qasi. Familia muladí.



Los Banu Qasi (en árabe, بنو قسي) fueron una importante familia muladí cuyos dominios se situaron en el valle medio del Ebro entre los siglos VIII y X, durante la pertenencia de esta región a la Hispania musulmana. Descendían del conde Casio, un noble visigodo que gobernaba la región comprendida más o menos entre Tudela, Tarazona, Ejea de los Caballeros y Nájera al producirse la conquista musulmana del reino visigodo y que se convirtió al Islam y se hizo vasallo de los Omeyas a cambio de poder conservar sus dominios (hacia el año 713). De ahí el nombre de la familia, Banu Qasi: ‘hijos de Casio’.

Crecimiento del clan

El carácter fronterizo hacía que la Marca Superior fuera el escenario de la lucha entre francos y andalusíes por delimitar sus dominios en esta región limítrofe, resultando de ello continuos cambios de alianzas de las que salieron reforzados los Banu Qasi, hasta el punto de que llegaron a ser la dinastía hegemónica en la zona a mediados del siglo IX. Todo lo cual se vio confirmado con el nombramiento en el año 852, por parte del recientemente proclamado emir Mohamed I, de Musa ibn Musa como gobernador de la importante Tudela y, después, Zaragoza. Tras conquistar Zaragoza, Musa ibn Musa se traslada a ella y pasa a ser la nueva capital de los Banu Qasi.

El clan había acrecentado su poder durante el siglo VIII gracias al apoyo que prestaron a los emires de Córdoba en las luchas internas entre árabes y bereberes, que fueron frecuentes durante los años que siguieron a la conquista. En esta época destaca Musa ibn Fortún (nieto del conde visigodo). En su poder se encuentra la parte superior del valle del Ebro (Ejea, Tudela, Tarazona, Borja, Arnedo...). Proporciona su apoyo al emir Hisham I contra el levantamiento de Said ibn al-Husayn en el valle del Ebro (concretamente en la zona de Tortosa) al que combatió y mató. Después marchó sobre Zaragoza de la que se apoderó, pero fue muerto a su vez por un liberto de Al-Husayn.

Los Banu Qasi mantenían buenas relaciones con sus vecinos los cristianos de Pamplona debido al matrimonio en segundas nupcias de Onneca (casada anteriormente con el vascón Íñigo Jiménez y madre de Íñigo Íñiguez, que más tarde sería el primer rey de Pamplona) con Musa ibn Fortún. Este matrimonio tuvo lugar hacia el año 784. De esta unión nació Musa ibn Musa, el cual era, por tanto, hermano de madre de Íñigo Íñiguez, conocido posteriormente como Íñigo Arista, primer rey de Pamplona. Los vínculos familiares quedaron reforzados más adelante con el matrimonio de Assona (hija de Íñigo Arista) con Musa ibn Musa.

Musa ibn Fortún

(en árabe, موسى بن فرتون), también conocido como Musa o Muza I (antes del 740 - Zaragoza 801 o 802), fue uno de los jefes de la casa de los Banu Qasi. Fue gobernador de Arnedo, Tarazona y Zaragoza. Nieto del conde Casio e hijo de Fortún, tuvo entre sus hijos al conocido y poderoso Musa ibn Musa, también conocido como Musa II o Musa el Grande.
Probablemente ayudo a Abderramán I a someter Zaragoza en el 772, ya que poco después éste le nombró valí de algunos lugares del valle del Ebro. Tras varios triunfos, declaró su independencia del emirato de Córdoba. Es Musa ibn Fortún quien transforma a los Banu Qasi de una poderosa familia de la cuenca media del Ebro en los gobernantes de la zona.
Murió asesinado en Zaragoza un año después de que naciese su hijo Musa.
Descendencia
Casó con Onneca (Íñiga o Ignacia) con quien tuvo varios hijos:
Mutarrif, gobernador de Pamplona.
Musa ibn Musa
Fortún

Musa ibn Musa o MUSA EL GRANDE.

Musa ibn Musa (c. 800-Tudela, 862), fue un gobernador de la al-Tagr al-Ala (Marca Superior) de al-Ándalus. Fue uno de los personajes más destacados de la familia Banu Qasi. Era hijo de Musa ibn Fortún y Oneca, quien también casó con Íñigo Jiménez, con quien tuvo al rey Íñigo Arista de Pamplona, hermanastro de Musa.
Permaneció, en general, fiel a Córdoba, sede del poder central, aunque en numerosas ocasiones dio la espalda al gobernador de Zaragoza y al emir cordobés.
En 840 vivía en el castillo de Arnedo. Ese año se posiciona en contra del emir de Córdoba por el nombramiento de Al Kulaby como gobernador de Tudela.
Aliado con su pariente cristiano, el rey pamplonés Iñigo Arista, y con el también cristiano conde sobrarbense, estuvo a punto de anexionarse asimismo el waliato de Huesca en 840, lo que le hubiera proporcionado en la práctica todo el valle medio del Ebro.
Tras someterse a Abd-al-Rahman II, éste le reconoció valí de Arnedo en 843. Al año siguiente se sublevó de nuevo, pero consiguió el perdón.
En 852 Abderramán II le hizo valí de Tudela y más tarde el nuevo emir Mohamed I le nombró valí de Zaragoza. De esta manera controlaba una gran parte de la Marca Superior, por lo que se autodenominaba "tertius regem d'Isbaniya"("tercer rey de España").
El poder central cordobés tuvo que valerse de la dinastía de los Tuyibíes para oponerse a Musa ibn Musa, hasta lograr reducirlo.
Fundó una ciudad a la que llamó Qal'at Musa (قلعة موسى), que significa fortaleza de Musa (la actual Calamocha).
Tuvo una pelea con su yerno Azrāq ibn Mantīl, casado con una hija cuyo nombre no es mencionado por las fuentes, en Guadalajara, falleciendo al llegar a Tudela el 26 de febrero de 862.
Contrajo matrimonio con su sobrina Assona, hija de su hermanastro Íñigo Arista de Pamplona.nota 1 4 Fueron padres de:
Lubb ibn Musa (m. 875) quien sucedió a su padre5
Ismail ibn Musa (m. 889)
Mutarrif ibn Musa (m. 873)
Fortún ibn Musa (m. 874)
Awriya, también llamada Oria, casada con el vascón García, padres de un hijo llamado Musa.
La familia alcanzó el cénit de su poder con Musa ibn Musa, Musa el Grande. Durante su vida se acrecentó la tendencia a la autonomía de los Banu Qasi, llegando a aliarse con los reyes cristianos de Navarra, la dinastía Arista-Íñiga, en contra del emir de Córdoba, Abderramán II, en 843. Hasta mediados de siglo, los ejércitos del emir organizan frecuentes expediciones de castigo contra Musa. No obstante, a mediados de siglo, reconciliado de nuevo con el emir, y como gobernador de Tudela, participa en los esfuerzos emirales contra los cristianos.

Musa derrota a los cristianos en la batalla de Albelda (851), accediendo a la década de mayor grandeza e influencia de la familia. Incluso se hace llamar “tercer rey de España” (junto con los de Asturias y Córdoba). En 852 gobierna sobre las tierras de Tudela, Zaragoza y quizás Calatayud y Daroca hasta Calamocha. Incluso es nombrado gobernador de la Marca Superior. Interviene en Huesca e instala a su hijo, Lope ibn Musa, en Toledo como gobernador.

Tras su muerte en el 862, y tras una nueva rebelión de los hijos de Musa contra Córdoba, los Omeyas prestaron su apoyo a linajes árabes rivales de los Banu Qasi, como los Tuyibíes, que en el primer cuarto del siglo X ocuparon la posición de poder que los Banu Qasi habían alcanzado anteriormente en el valle del Ebro.

sábado, 10 de noviembre de 2012

Al-Jabbar (cuento)


Erase una vez un creyente llamado Abdel Jabbâr, tenía esposa y tres hijos, vivían muy felices en un pueblo muy tranquilo y agradecían a Allah constantemente por vivir una vida tan bendita.
Un día, uno de los hijos de Abdel Jabbâr falleció . Abdel Jabbâr tenía el corazón roto por la pérdida de su hijo más pequeño y muy triste recordaba junto a su padre un suceso ocurrido en el pasado.
Una vez, cuando Abdel Jabbâr era niño, estaba jugando con sus juguetes cuando de repente uno de sus juguetes se partió en dos mitades, tras llorar y llorar su padre le dijo:
-No te preocupes hijito, Allah reparará tu juguete.
El pequeño Abdel Jabbâr dejó de llorar y siguió jugando con sus otros juguetes.
Unos días después, su padre le trajo el juguete reparado y le dijo:
-Mira hijito, igual que Allah reparó tu juguete, Él puede reparar cualquier cosa, por imposible que parezca.
Abdel Jabbâr muy feliz jugó con su juguete reparado y le tomó mucho cariño, tanto que incluso siendo adulto lo conservaba.
Tras recordar esos momentos del pasado, cogió el juguete y le dijo a su padre:
-¿Recuerdas esto?
Su padre le dijo:
-Si, claro, es uno de tus juguetes de cuando eras niño.
Abdel Jabbâr le dijo:
-¿No recuerdas aquello que me dijiste cuando lo trajiste reparado?
Su padre le contestó:
-Si lo recuerdo, Allah es el Reparador de toda cosa rota. Confía en Allah hijo mío, Él te devolverá a tu pequeño.
Abdel Jabbâr, muy dolido, dijo a su padre:
-Allah no reparó mi juguete, fuiste tu quien lo hizo, además este juguete no es el mismo, si te fijas quedó dañado en parte, mira estas pequeñas grietas.... Abdel Jabbâr señalaba el lugar por donde se rompió el juguete.
Su padre muy calmado contestó:
-Ciertamente Allah reparó tu juguete a través de mi, a veces las personas somos medios utilizados por Allah para conseguir un propósito el cual sólo Allah sabe, yo podía haberte comprado un juguete igual al roto, sin embargo decidí repararlo, y sólo Allah sabe por qué hice tal cosa.

Abdel Jabbâr no decía nada, pero su corazón aceptaba las palabras de su padre, quien continuó diciendo:
-El Todopoderoso utilizó a un ser imperfecto como yo para reparar tu juguete, pero ten por seguro que cuando Allah resucite a tu pequeño, no quedará ni un átomo de imperfección en la reparación de su dañado cuerpecito. - Su padre lloraba. - Allah es Grande hijo mío, confía en Allah , que los creyentes confíen en Él.

Abdel Jabbâr comenzó a llorar junto a su padre y le dijo:
-Gracias papá, Allah es Grande.

Trascurrieron los meses y Abdel Jabbâr iba recuperando la sonrisa, agradecía mucho a Allah y aceptaba Su voluntad con total humildad y confianza.
Al cabo de unos años, el líder del país más poderoso del planeta decidió atacar el país donde vivía Abdel Jabbâr y su familia .Todo un ejercito se disponía a invadir zona por zona hasta llegar a su objetivo.
Las batallas se sucedían hasta que llegó al lugar donde vivía Abdel Jabbâr y su familia, tras días de mucho miedo e incertidumbre, el conflicto llegó a su zona, tras sufrir una noche de explosiones, la casa de Abdel Jabbâr se vino abajo por una bomba lanzada por este temible ejercito.
Tras los bombardeos fueron rescatados los supervivientes, Abdel Jabbâr era uno de ellos, también su esposa sobrevivió, no así sus dos hijos, los cuales murieron.
Ahora Abdel Jabbâr sentía mucha mas tristeza que la primera vez que murió uno de sus hijos, aunque el dolor era el mismo.
Abdel Jabbâr no dudaba de que Allah le devolvería sus hijos algún día, pero ahora con mas fuerza pedía justicia y venganza contra aquellos que invadieron el país.
Abdel Jabbâr sabía que esa había sido la voluntad de Allah, y nada ni nadie puede oponerse a la voluntad de Allah, pero Allah no manda que cometamos actos atroces y nos dio libre albedrío, por lo que pedía justicia y venganza contra los responsables de aquellas masacres cometidas.
Acabó la invasión y se restableció el orden.
Abdel Jabbâr intentaba junto a su mujer vivir una nueva vida aceptando el decreto de Allah (el Altísimo), pero no pasaron mas que dos años y la muerte les encontró.
Cuando Abdel Jabbâr volvió a la vida, encontró algo que jamás había imaginado, su esposa y sus tres hijos le esperaban en un verde y hermoso jardín, era el jardín más hermoso que jamás haya visto ojo humano, algo tan perfecto sólo podía ser la morada de Allah.

Sólo Allah es Al-Jabbar (El Todopoderoso, el Reparador)
Es Él Quien inicia la creación y, luego, la repite. Es cosa fácil para Él. Representa el ideal supremo en los cielos y en la tierra. Es el Poderoso, el Sabio.
Sagrado Corán 30:27

Y cuando Abraham dijo: «¡Señor. muéstrame cómo devuelves la vida a los muertos!» Dijo: «¿Es que no crees?» Dijo: «Claro que sí, pero es para tranquilidad de mi corazón». Dijo: «Entonces, coge cuatro aves y despedázalas. Luego, pon en cada montaña un pedazo de ellas y llámalas. Acudirán a ti rápidamente. Sabe que Allah es poderoso, sabio».
Sagrado Corán 2:260

viernes, 9 de noviembre de 2012

Mozárabes II


 La emigración al norte.

La convivencia pasó , sin embargo, por momentos de tensión, especialmente a partir de la segunda mitad del siglo IX. Muchos cristianos emigraron de al-Ándalus para participar en el proceso repoblador de la Meseta norte, que, impulsados por los reyes leoneses, se llevó a cabo en los siglos X, y XI. Religiosos cordobeses levantaron, a partir de tristes ruinas, monasterios en los que se instalaron formando comunidades. Así, el abad Alfonso y sus compañeros, en 913, se instalaron en San Miguel de Escalada  y lo reedificaron en menos de un año, mientras el abad Juan, restauró en apenas 5 meses San Martín de Castañeda, en Astorga. Estos edificios religiosos, y otros coetáneos como Santiago de Peñalba, San Cebrián de Mazote o Santa María de Lebeña, presentan rasgos arabizados que llevaron a que durante mucho tiempo se considerase que existió un " estilo mozárabe ", caracterizado por conjugar raíces hispano- visigodas con influencias andalusíes. Aunque más tarde se hablaría de "arte de repoblación", alegando que muchas de las técnicas arquitectónicas utilizadas procedían del norte.
Con todo, los cristianos que habían vivido en al-Ándalus llevaron consigo a la Meseta algunos de los rasgos del mestizaje cultural del que procedían. Dentro de los monasterios, en los  scriptoria ( lugares donde se elaboraban los manuscritos ), se iluminaron en un estilo ecléctico códices que reproducían escritos religiosos, dando lugar a los conocidos como "códices mozárabes ". Paralelamente, albañiles, carpinteros, herreros y vidrieros, con nombres a veces cristianos y otras veces árabes, se instalaron en los núcleos de población y reprodujeron las técnicas utilizadas en las zonas meridionales. Probablemente también muchos mozárabes estuvieron directamente relacionados con el activo comercio de las sedas producidas en al-Ándalus y que se vendían en el reino de León. De entre todos los productos de este género, los que más destacaron fueron los vestidos, bordados y brocados, conocidos con el nombre de tiraz y tejidos por artesanos andalusíes especializados llamados "tiraceros".
El avance de la Reconquista cristiana no terminó con el fenómeno mozárabe. Al contrario, éste ganó un peso aún mayor. Especial importancia tuvo la conquista de Toledo por Alfonso VI, en 1085. Al valor simbólico de la recuperación de la antigua capital del reino visigodo se unía la toma de contacto con una población que había preservado durante casi 4 siglos su religión y sus raíces. A diferencia de lo que ocurriría más tarde en la conquista de las grandes urbes andaluzas, en Toledo no hubo un desalojo de los musulmanes para dar paso a los cristianos, sino que la mayor parte de la población, de origen hispanocristiano, permaneció en la ciudad. Quizá por ello, la élite mozárabe mantuvo el control del gobierno local. Los únicos que, en los cine años que siguieron a la conquista, se resistieron a aceptar el dominio de los mozárabes fueron los eclesiásticos procedentes de Francia. Estos religiosos, representantes de la Iglesia de Roma y del espíritu unitario impulsado por la abadía de  Cluny, convirtieron la mezquita en catedral e impusieron en ella el rito romano, marginando a los clérigos hispanos.

Conservar la identidad.

A Toledo emigraron en el siglo XII cristianos y judíos andalusíes, que huían ante la llegada de los almohades, dinastía de origen bereber que rompió con la tradición de relativa tolerancia que había imperado hasta entonces en al-Ándalus. También se instalaron allí gentes venidas del norte. Estos grupos de población se mezclaron pronto con los locales: quienes llegaban del sur trajeron consigo nuevos aires arábigos y la costumbre de oficiar por el rito mozárabe en su variante andalusí, algo distinta de la toledana; quienes provenían del norte, afectados por una fuerte aculturación, adoptaron nombres árabes y vistieron al modo musulmán. Durante bastante tiempo, el árabe se siguió hablando y escribiendo en Toledo; a lo largo del siglo XIII, los documentos notariales están redactados en esa lengua, que para la élite mozárabe toledana era un signo de distinción frente al clero de la catedral, asociado con el latín.
En el siglo XIV, este fenómeno ya agonizaba. El castellano se había impuesto como lengua escrita y hablada, y los nombres de los toledanos, y de sus antepasados, volvían a ser latinos. Esto conllevo a que solo en algunas iglesias se siguiera en práctica el ritual litúrgico mozárabe. Este rito tan sólo regresó a la catedral en época de Isabel la Católica, de la mano del cardenal Cisneros, arzobispo de Toledo, quien en 1495 decidió que a partir de entonces en una de las capillas se oficiaría a la manera hispana.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Mozárabes,

 
Muzárabes, almosárabes, mixtiárabes... Con todos estos nombres se conocía en la Edad Media a los habitantes de la península Ibérica que, siendo cristianos, residían o habían residido en al-Ándalus. El término procedía del vocablo árabe musta´riba, utilizado por los musulmanes para referirse a las comunidades no musulmanas que adoptaban la cultura árabe. Un mozárabe era, por tanto, un cristiano " arabizado". Descendía de aquellos hispanos que no huyeron al norte ni se resistieron tras la repentina invasión musulmana del año 711 y aceptaron la imposición de un nuevo orden social, político, económico y militar.
   Siguiendo los preceptos del Corán, que no admite la coacción en la religión, los musulmanes respetaron a cristianos y judíos que vivian bajo su dominio. Les llamaban gentes del libro ( ahl al-kitab ) y les permitían practicar su religión a condición de que no hiciese proselitismo ( es el intento o esfuerzo activo y activista de convertir a una o varias personas a una determinada causa o religión ). La coexistencia de credos se basó en un pacto: los no musulmanes tenían libertad de culto y derecho a organizarse municipal y jurídicamente, pero a cambio debían someterse a la autoridad militar y civil islámica y pagar un impuesto especial, la jizya.

La atracción de lo árabe.

Los nasara, cristianos practicantes, pervivieron así en el territorio de al-Ándalus. Su propia existencia constituía un tipo de resistencia; pero paulatinamente fueron adaptándose a la cultura que les rodeaba y tomando algunas de sus costumbres. Muchos dejaron de comer carne de cerdo, algunos se circuncidaron y la mayoría aprendió árabe. La influencia fue haciéndose notar en las comida, las fiestas, los vestidos, la arquitectura... Al mismo tiempo, el aislamiento les llevó a preservar tradiciones que los cristianos del norte de la Península iban perdiendo. Se creó, así, una cultura propia de unas comunidades muy concretas, las llamadas mozarabías.
   La mayor parte de la mozarabías se encontraban en zonas rurales, pero las de más peso estaban en urbes como Córdoba, Mérida, Sevilla, Granada, Toledo o Zaragoza. En esos lugres, la población anterior a la ocupación islámica, formada por hispanorromanos, visigodos y judíos, se integró con mayor facilidad en la cultura de los conquistadores. Pronto empezaron a multiplicarse los muladíes ( del árabe muwallad, musulmán descendiente de no musulmanes ): eran conversos al Islam o descendientes de matrimonios mixtos que pasaban obligatoriamente a ser musulmanes. A causa de ello, el porcentaje de la población cristiana fue decreciendo. Se mantenían las iglesias y los monasterios, pero en número cada vez menor. Por ejemplo, en 784 los cristianos cordobeses, que hasta entonces compartían la antigua iglesia de San Vicente con los musulmanes, cedieron su mitad para que Abderramán I pudiese construir una mezquita que permitiese acoger a una comunidad islámica que no dejaba de crecer.
En este contexto de mezcla de lenguas, costumbres y tradiciones, algunas actividades seguían vinculadas a tradiciones pre-musulmanas. Tal era el caso de la medicina, estudiada a partir de escritos latinos y practicada sobre todo por cristianos, judíos y muladíes. Por ejemplo, Ibn Abi Usaybi´a (1203-1270 ) contaba la historia de un médico cristiano ( nasara o nasarí ) que curó al califa de una otitis con sangre de paloma, remedio tradicional que , al parecer, le fue confiado por un anciano en un monasterio. Cristianos, judíos y muladíes constituían también la mayoría de los astrólogos y de los farmacéuticos.

El boato de los ritos cristianos.

la religión era para los cristianos, en buena medida, su mejor seña de identidad. El cristianismo, más antiguo que el Islam, simbolizaba el hecho de que los cristianos estaban allí antes que los musulmanes. De ahí la importancia de preservar sus rituales;  y de ahí también el efecto que estos ritos tenían sobre los testigos musulmanes. A principios del siglo XI, un canciller de Abderramán V tuvo que asistir a una ceremonia nocturna en una iglesia mozárabe de Córdoba. Según el cronista Almakkari, " la vio tapizada de ramas de mirto y suntuosamente decorad, mientras el sonido de las campanas encantaba su oído y el esplendor de los círios deslumbraba sus ojos. Se detuvo fascinado a pesar suyo, ante la vista de la majestad  y del gozo sagrado que irradiaba del recinto; recordó seguidamente con admiración la entrada del oficiante  y de los otros adoradores de Jesucristo, revestidos de admirables ornamentos; el aroma del vino añejo que los ministros vertían en el cáliz, donde el sacerdote mojaba sus labios puros; el modesto atuendo y la belleza de los niños  y adolescentes que ayudaban al lado del altar; el solemne recitado de salmos y de sagradas plegarias; todos los ritos, en fin, de es ceremonia; la devoción y, a la vez, el gozo solemnes con que se celebraba, y el fervor del pueblo cristiano ".

domingo, 4 de noviembre de 2012

La Leyenda del pozo Fullaricos

Esta leyenda tiene lugar en Ablaneda, un pueblo situado en la falda de la Sierra de Carrales, frente al cordal de Las Traviesas, muy cerca del Puerto de Piedrafita. Es una comarca muy rica en minerales que ya explotaron los romanos. 
Quedan aún los restos de tres acequias que conducían el agua desde el puerto de La Espina hasta los lavaderos de mineral que allí funcionaban. Esta leyenda sería una explicación popular a la existencia de estas antiguas canalizaciones.

En este pueblo de Ablaneda hay un pequeño embalse que los vecinos llaman Pozo de Fullaricos. Según los más viejos del lugar, en las oscuras aguas del lago se podía distinguir una gigantesca viga. Esta viga podría ser el resto de alguna antigua instalación minera, pero para los aldeanos era la viga de un palacio sumergido.
Según la leyenda, donde hoy está el Pozo de Fullaricos se levantaba un enorme palacio. En él vivía un noble viudo, con una hija muy bella que era pretendida por los muchachos más apuestos de la comarca.
La niña de Ablaneda era además de bella muy virtuosa. Sin embargo en su pecho comenzó a anidar la envidia porque en Belmonte, en un palacio como el suyo, vivía una moza más hermosa que ella.

Atento a cualquier oportunidad el mismísimo diablo se le presentó una tarde y le dijo:

-Sé que sufres porque dicen que la dama de Belmonte es más guapa que tu. Yo vengo a decirte que si me das tu alma, tu hermosura será la mayor del mundo.
La niña sin pensarlo mucho accedió.

Pocos días después, la llamó su padre y le dijo:

-Hija mía, muchos caballeros me piden tu mano, a cuál más rico, noble y apuesto.
-Lo sé padre.
-¿Y que decides?
-Lo que usted diga, padre.
-Bien, hija. Yo he pensado conceder tu mano al caballero que primero traiga a este palacio el agua del Pozo Verde de La Espina.
-Bien, padre.
La proposición del señor corrió por toda Asturias e incluso fuera de ella y a los pocos días se presentaron en el palacio de Ablaneda tres caballeros, dos eran apuestos y gentiles y un tercero enano, feo y mal vestido.

Los dos galanes trabajaban sin descanso para traer el agua mientras que el contrahecho se pasaba los días debajo de una higuera sin hacer nada.
Pasó el tiempo y las dos acequias ya estaban muy cerca de la casa, con solo un día más de trabajo el agua llegaría al palacio. Al día siguiente, ante la sorpresa de todos, el enano hizo durante una sola noche lo que no había hecho en un mes. Había conseguido que el agua del puerto llegara hasta la casa.

El pretendiente zafio se presentó ante el señor de la casa y le dijo:

-Señor, he vencido. Reclamo la mano de vuestra hija.
El dueño de la mansión, cabal y fiel a su palabra no tuvo otra opción que ceder a las pretensiones del extravagante individuo que, como el lector habrá adivinado no era otro que el mismo demonio, que había acudido a cobrarse el alma de la niña.

Entonces la muchacha, aterrada y arrepentida de su pacto exclamo:

-¡Permita Dios que se hunda el palacio antes que yo me case con ese diablo!

El palacio se hundió y se formó el Pozo de Fullaricos.
Desde entonces, según los vecinos, no han dejado de aparecer vigas y otras maderas del edificio sumergido.


sábado, 3 de noviembre de 2012

El halcón del rey Sindabad



Cuentan – pero Dios es más sabio – que había un rey de reyes, persa, al que complacían las diversiones, los paseos y toda clase de cacerías. Un halcón, al que había adiestrado, permanecía a su lado día y noche, y dormía durante ésta apoyado en la mano de su dueño. Cuando salía de casa lo llevaba consigo. Le había colgado en el cuello un vasito de oro, en el que le daba de beber.
Cierto día en el que el rey estaba sentado en su trono, se presentó el cetrero y le dijo: “Rey del tiempo: es ya época de empezar a cazar”.
El rey se preparó para salir, colocó el halcón en su mano y partió. Llegaron a un valle en el que extendieron la red de caza y en ella cayó, de repente, una gacela. El rey exclamó: “¡Mataré a aquél por cuyo lado escape la gacela!”
El círculo de cazadores fue estrechándose, mientras que ella, por su parte, fue acercándose al rey, hasta que, por fin, se irguió sobre sus patas y, apoyándose en sus manos, las colocó debajo del pecho como si fuese a besar la tierra ante el soberano. Este bajó la cabeza y el animal dio un brinco, huyó por encima de su testa y se dirigió campiña adentro.
El rey se volvió a mirar a los soldados y observó que se guiñaban los ojos. Preguntó “¡Visir ¿Qué se están diciendo los soldados?”
“Comentan lo que dijiste: que aquél por cuyo lado escapase la gacela, sería ajusticiado”.
“¡Por mi cabeza! ¡La perseguiré hasta volver con ella!”
El rey se puso a seguir el rastro de la gacela y no se cansó de ir tras sus huellas.
El halcón iba picando en los ojos del animal fugitivo, hasta que al fin la cegó y la aturdió; entonces el rey levantó la maza y de un solo golpe la derribó. Se apeó, la degolló y la colgó del arzón de su silla. Era una hora de calor y estaba en un lugar árido; no había agua. El rey y su corcel tenían sed, por lo que el soberano dio una vuelta y divisó un árbol, del que fluía un líquido que parecía manteca. Como tenía la mano enfundada con el guante de piel, tomó el vasito del cuello del halcón, lo llenó de aquél líquido y lo colocó delante de él. Pero el halcón dio un golpe al vasito y lo vertió.
El rey cogió de nuevo el vasito, lo llenó y, creyendo que el halcón estaba sediento, se lo colocó delante, pero el animal lo derramó de nuevo. El rey se enfadó con el pájaro y, tomando el vasito por tercera vez, se lo acercó al corcel; pero el halcón, con el ala, volvió a verterlo.
El rey exclamó: “¡Dios te confunda, la más nefasta de las aves! ¡No me has dejado beber, no has querido hacerlo tú y encima se lo has impedido al caballo!
Dicho esto, de un sablazo le cortó ambas alas.
El halcón levantó la cabeza y dijo por señas: “Mira lo que hay encima del árbol”. El rey levantó la vista y vio una serpiente, cuyo veneno era el líquido que fluía del árbol. Y se arrepintió de haberle cortado las alas al halcón.
Montó, el rey, en su caballo y llevó la gacela al lugar del que había partido. Al entregarla al cocinero, le dijo: ¡Cógela y ásala!.  Luego se sentó en su silla, sosteniendo siempre al halcón en la mano, hasta el momento en que el animal, tras un estertor murió. El rey prorrumpió en gritos de tristeza y de dolor por haber matado al halcón en recompensa de haberle salvado de la muerte.

Cuento seleccionado de las 1001 Noches.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Los normandos en al-Andalus.


Majus es la palabra árabe que designa a los "nórdicos" y lo dieron principalmente a los normandos que atacaron a Al-Ándalus.

El primer ataque tuvo lugar el 20 de agosto de 844, por medio de 54 grandes barcos  y otros 50 barcos más pequeños; entraron por el estuario del Tajo y empezaron una batalla con los defensores de la zona. Trece días después se reembarcaron hacia el sur. El gobernador de Lisboa Wahbi-Allah ibn Hazm alertó al emir omeya. Poco después desembarcaban en el distrito de Siduna (Sidonia) y ocupaban Cádiz. El grueso de la flota remontó el Guadalquivir y se detuvo en una isla a unos 20 km de Ixbiliya (Sevilla). Los normandos desembarcaron en la ciudad que no tenía defensa (y de la que los habitantes ya habían huido) y mataron a los que quedaban (las mujeres y niños fueron hechos prisioneros); durante siete días fue saqueada Sevilla. Abd-ar-Rahman II envió tropas contra los atacantes que les causaron severas pérdidas en la batalla decisiva el 11 de noviembre de 844, al sur de la ciudad, más de un millar de normandos murieron y 400 fueron hechos prisioneros (y luego ejecutados) batalla conocida como Batalla de Tablada; el resto reembarcaron dejando 30 barcos que fueron quemados. Después de probar de desembarcar en Niebla y en Algarve, hicieron rumbo al norte hacia Aquitania. Un grupo desembarcó en Arzila (Asila) a 50 km de Tánger.

Una segunda incursión se produjo en 858 con 62 barcos. La flota de vigilancia capturó dos barcos pero el resto pudo llegar al Guadalquivir pero al saber que se acercaba un ejército reembarcaron hacia Algeciras, que ocuparon e incendiaron la gran mezquita. Pronto se tuvieron que retirar y siguieron por la costa hacia el sureste de Al-Ándalus, en el llamado reino de Todmir llegando hasta Orihuela (Uriyula) que fue atacada y siguiendo luego hacia Francia (Ifranj) donde pasaron el invierno en la Carmarga, mientras otro grupo de barcos hacía ruta hacia Marruecos, donde capturaron Nakura que saquearon durante 8 días; todos los que estaban en la ciudad fueron hechos prisioneros incluyendo miembros de la familia de príncipes local que luego fueron rescatados por el emir de Córdoba. La fecha de este ataque es incierta pero sería entre 859 y 862. La flota que regresaba de la Camarga fue atacada por los cordobeses que capturaron dos barcos, el resto se unió a una flota normanda que había atacado las Baleares, no está claro si algunos barcos pequeños subieron por el Ebro o bien fueron otros barcos que bajaron por Bidasoa, pero se sabe que los normandos llegaron a Pamplona en 859 e hicieron prisionero al rey de los vascones Gharsiya ibn Wannako (conocido como Garcia Ennec) que tuvo que pagar 70.000 piezas de oro por el rescate. Esta incursión habría durado hasta el 861. Luego los normandos no volvieron a atacar Al-Andalus en un siglo.

El 23 de junio de 966 se avistó una flota de 28 barcos majus en Alcacer do Sal (Al-Qasr Abi-Danis) a 94 km al sur de Lisboa. Desembarcaron y asolaron la proximidad de Lisboa pero las tropas del califa los atacaron y los derrotaron. La flota de Sevilla encontró a los majus en la desembocadura de Silves e inutilizó algunos barcos normandos liberando a muchos prisioneros musulmanes. Finalmente reembarcaron, pero el mismo año se construyeron nuevos barcos por si volvían. A finales de 971 atacaron la región de Almería pero pudieron ser rechazados por la flota cordobesa. En junio de 974 se informó de movimientos normandos en las costas del Guadalquivir pero no hubo ningún desembarco. Estos normandos son mencionados como al-majus al-urdumaniyyun (literalmente los nórdicos normandos) que serían normandos venidos de Normandía donde se habían establecido después de 911 y se habían convertido en cristianos, pero donde habían llegado normandos paganos daneses en 960 para ayudar al duque Ricardo I de Normandía contra el conde Teobaldo de Chartres. Una vez ajustada la paz entre el duque y el conde, estos normandos eran molestos y quizás se les envió al sur a territorio musulmán antes de regresar a su país. En 970 estaban en Galicia donde ocuparon Santiago de Compostela que dominaron un cierto tiempo. Al urdumaniyyun es el nombre que da Ibn Idhari a los normandos que participaron en la conquista de Barbastro que eran de Normandía. Otro historiador, Ibn Abd-al-Mumin utiliza la forma ar-Rudhamanun por los normandos del ducado.

Los cordobeses llamaron también majus a los vascones no cristianos. Segundo el Muktabis de Ibn Hayyan, en una expedición cordobesa contra Pamplona en 816 se entregó en una batalla que duró 13 días, murieron muchos enemigos y entre ellos Saltana, el mejor caballero de los majus que serían los vascones paganos. Sánchez Albornoz dice que el nombre correcto sería Zaldún que es típicamente vasco. Los eslavos orientales, vikingos o rusos fueron también llamados majus o Ruso al-Majus. Los musulmanes pensaban que los majus eran adoradores del fuego como los zoroastrianos de Persia también llamados majus; esta idea seguramente derivaba de que quemaban a sus muertos, lo que les hacía suponer que adoraban al fuego con el que los quemaban.