LA CASA
Las viviendas eran un refugio de paz y confort, muy por encima de lo habitual por entonces en otros lugares del resto de Europa. Casi todas ellas, tanto las humildes como las de familias acomodadas, presentaban una serie de características comunes.

Este patio era el núcleo de distribución de la casa y el centro de la vida familiar. En él estaba presente el agua en forma de estanque, fuente o pozo y, por pequeño que fuera, siempre había espacio para flores y plantas. Cumplía la función de graduar las diferencias térmicas propias del clima.
Las alcobas, salones y cocina se abrían a dicho espacio y se distribuían también en torno a la galería superior. Las estancias no tenían un uso totalmente definido pudiendo hacer las veces de sala de estar o dormitorio según las necesidades del momento. En toda vivienda también existía un "aseo" digno.
La cocina se situaba cerca de la entrada y era normalmente de reducidas dimensiones. Los elementos básicos de la misma eran el atanor, pequeño horno tronco-cónico o cilíndrico excavado en la tierra que funcionaba con carbón vegetal, y el fogón para cocinar distintos platos cocidos o fritos. El menaje de cocina y la vajilla de loza se guardaban en arcones o alacenas. Junto a la cocina, en las casas de familias acomodadas, se situaba la despensa donde cántaros, orzas, odres y tinajas contenían las provisiones alimenticias para todo el año.
El mobiliario era sencillo, apenas unos arcones, una mesa baja de taracea, y algunos altillos y hornacinas en los que depositar un libro o algún adorno de marfil. De dar calidez al entorno se encargaban las esteras y alfombras tupidas de lana, unos mullidos almohadones de seda o lana bordada y un buen brasero.
VESTIDO

El tocado masculino era un casquete de fieltro o un gorro de
lana; el femenino, un pañuelo que les cubría todo el rostro (a excepción de los
ojos) y sobre el que se colocaba la toca.
El influjo de Bagdad introdujo el gorro alto y derecho y las
mitras de terciopelo bordado con pedrería, así como el uso de las toquillas de
brocado para las mujeres.
El turbante estuvo durante algún tiempo restringido a
hombres de leyes, pero se fue popularizando a partir del siglo XI, llegando a
ser común en la Granada nazarí.