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sábado, 27 de julio de 2013

Al-Hakam y los Cristianos del Norte.

   Al morir Abd al-Rahman III, las plazas fuertes que el rey leonés, Sancho I, prometiera al califa en pago a los muchos servicios que éste le prestara, aún no habían sido entregadas. Lo primero que hizo el sucesor fue exigir la entrega de dichas plazas bajo la amenaza de romper el tratado de amistad que existía entre Córdoba y León. Al mismo timepo, al-Hakam pedía la entrega del belicoso conde Fernán González, en poder de los navarros. Pero Sancho I y Garcia Sánchez, que conocían la inclinación natural que el nuevo califa sentía por la paz y los estudios, no creyeron que fuese a cumplir ninguna de sus amenazas, y el monarca navarro, en un alarde de seguridad y de que nada tenía que temer del califa, puso en libertad al conde castellano, sin hacer ningún caso a los requerimientos cordobeses. Fernán González se apresuró a volver a su feudo de Burgos y a deshacerse de Ordoño IV, al que convenientemente escoltado, hizo pasar a territorio musulmán. Le faltó tiempo al conde para, con sus gentes de armas, comenzar a hostigar las tierras musulmanas fronterizas. Pero el califa no dejó impune estas correrías de rapiña. A principios del año 962, se llamó, en todo el al-Andalus, a la guerra santa.
   Mientras tanto, el expulsado Ordoño IV llegó hasta Medinaceli y allí pidió al general Galib permiso para desplazarse hasta Córdoba y solicitar ayuda al califa. Enterado al-Hakam ordenó al general que acompañase al leonés, pero sin hacerle ninguna promesa. El 8 de abril de 962, ambos llegaron a Córdoba, Ordoño dispuesto a llegar a donde hiciera falta con tal de conseguir sus propósitos, aunque hubiera de humillarse hasta el infinito. El detalladísimo relato de Ibn Hayyan sobre esta visita, es en verdad interesantísimo para comprender cómo era el depuesto rey de León. Nada más entrar en Córdoba, acompañado por una guardia de honor enviada a recibirle, rezó ante la tumba al-Nasir. Se le alojó en una lujosa almunia, junto al séquito que le acompañaba y tratado como un auténtico príncipe. Dos ´días después, al-Hakam le recibió en Madinat al-Zahra, donde no se había escatimado esfuerzos para deslumbrar a Ordoño IV, que era bastante bruto y no había visto jamás la magnificencia de una recepción musulmana. Quedó deslumbrado, y más que deslumbrado, apabullado, ante un espectáculo de fuerza y riqueza que él jamás habría llegado a imaginar.  
Al-Haham y Ordoño IV se entendieron por medi del intérprete mozárabe Walid ben Jayzuran, juez de los cristianos de córdoba. el califa. El califa le hizo muchas promesas, todas encaminadas a colmar su ambición. Un ejército musulmán le ayudaría a recuperar el trono y él mantendría buenas relaciones con el califato cordobés, comprometiéndose a no aliarse contra el Islam. A cambio de todo esto, dejaría como rehen a su hijo García, y antes de tomar decisiones de importancia, las sometería a un consejo de notables, compuesto por personalidades mozárabes cordobesas. A todo accedió Ordoño, con una sumisión total.
   Cuando estos acuerdos llegaron a oídos de Sancho I, se temió lo peor. Se apresuró a enviar una embajada a Córdoba, en la que figuraban los condes de Zamora y Galicia, asi como varios prelados, para reconocer a al-Hakam como soberano y para prometerle que cumpliría, al pie de la letra, lo estipulado con Abd al-Rahman III. Desde aquel momento, nadie volvió a ocuparse de Ordoño IV, que, según parece, sin salir de Córdoba, murió antes de que acabase el año 962. La muerte de su competidor sirvió a Sancho I para creerse libre de cumplir, lo que no hacía tanto, había prometido ante el soberano musulmán. Pero, por si acaso, se apresuró a concluir alianzas con el rey de Navarra y los condes de Barcelona, Borrell y Mirón, y esperó a ver cómo se desarrollaban los acontecimientos.
   Con todos sus vecinos cristianos aliados y preparados contra él, pocas salidas le quedaban a al-Hakam, como no fuese la detestada guerra. El mismo se puso al frente de una expedición que se dirigió contra Castilla, en 963. No se conocen muchos detalles, pero las fuerzas musulmanas conquistaron San Esteban de Gormaz, obligando a Fernán González a solicitar una tregua, tregua que violó en cuanto tuvo la menor oportunidad y que se saldó con que le fuera arrebatada la plaza de Atienza. García Sánchez I fue atacado en sus propios dominios y derrotado por gobernador de Zaragoza. Un poco después, los generales Galib y Sa´id, le arrebataron Calahorra, que fue fortificada y dotada de una importante guarnición.
   La superioridad de las armas musulmanas era algo irrebatible, y las fronteras del Islam quedaron en calma, imponiéndose una tregua a la España Cristiana. En 965 ó 966, Sancho I de León moría envenenado por el conde gallego Gonzalo. Le sucedía su hijo Ramiro III, que sólo tenía tres años. La regencia quedó a cargo de una tía del niño, Elvira, hermana de Sancho I, que era monja en el convento de San Salvador. Ante esta situación, los principales señores del reino, camparon a sus anchas, sin quererse someter a la autoridad de una mujer, que además era monja, y de un niño, casi un bebé. Cada uno pactaba directamente con Córdoba, según le parecía o según le interesaba. No había conciencia de reino ni de Estado. Las embajadas ante al-Hakam se multiplicaron por parte de los señores cristianos, ofreciendo vasallaje al califa e, incluso, solicitando su arbitraje cuando surgían querellas entre ellos mismos. Galicia y Asturias, estaban sufriendo los ataques normandos y bastantes problemas tenían para defenderse. El conde Fernán González había envejecido y moría en 970. Le sucede su hijo Garci Fernández. En este mismo año morirá también el rey de Navarra, García Sánchez y el trono pasará a Sancho García II Abarca.
     Los nuevos príncipes se apresuran a prestar homenaje a al-Hakam, mientras la decadencia política hace presa en León y Navarra. Por el contrario, el califato se encuentra en uno de sus momentos de máximo esplendor.
   Pero no sólo llegan a Córdoba las embajadas cristianas españolas: la del conde Borrell, de Barcelona, la de Fernando Ansúrez, conde de Monzón, la de Elvira de León, Sancho de Navarra... sino que la importancia del califato, reconocida internacionalmente, hace que lleguen los mensajes del basileus de Bizancio Juan Tzimisces y de Otón II, el nuevo representante de la casa de Sajonia.
   Sólo el nuevo conde de Castilla, cambiaría, repentinamente de actitud, aprovechando la larga ausencia del general Galib en la frontera. García Fernández atacó la fortaleza musulmana de Deza, mientras que la comisión que había enviado a Córdoba para rendir obediencia al califa, apenas había salido de la ciudad. Fue inmediatamente detenida y encarcelada, mientras se hacía volver a Galib, que se hallaba en África luchando contra los idrisíes. El conde castellano convenció a sus vecinos de León y Navarra para que se aliasen con él y así parece que lograron reunir una fuerza de unos 60.000 hombres, con la que fueron a cercar Gormaz. galib salió a combatirles, junto a los gobernadores de  Zaragoza y de Lérida. En el camino tomó Barahona y después Berlanga, mientras la guarnición musulmana de Gormaz resistía los ataques cristianos. El 28 de junio del año 974, cristianos y musulmanes se enfrentaron junto a los muros de la fortaleza y la coalición cristiana fue derrotada, con grandes pérdidas humanas. Galib persiguió a Garci Fernández en sus propias tierras, y le volvió a derrotar en Langa. El gobernador de Zaragoza hizo lo propio con los vascones, derrotándolos cerca de Tudela, en Estercuel. Con estos hechos de armas, la situación del Islam español quedó en calma y así se mantendría hasta el advenimiento de Hisham II.

al-Andalus de concha masiá.